Humanidad: contra la deshumanización


              Son muchas las obras literarias y películas que fantasean con distopías donde la humanidad ha dejado de ser tal y el mundo ha caído en manos de robots o humanoides, como en Blade Runner y hasta de animales, como en El planeta de los simios. E incluso a cargo de la Inteligencia artificial, como sucede en Justicia artificial Y son solo tres ejemplos de los muchos que podemos encontrar.

              En nuestro teatro no hablamos de distopías, aunque a veces pudiera parecer que, entre reformas y falta de medios, vivimos en una permanentemente.

              Pero no es de eso de lo que quería hablar hoy, sino del riesgo al que nos enfrentamos todas las personas que habitamos Toguilandia en comportarnos más como autómatas que como personas. Un riesgo para nosotros, sin duda, pero sobre todo un riesgo para el justiciable, que es a quien nos debemos. Esté en el lado de estrados en el que esté.

              Es verdad que tenemos mucho trabajo. Muchas veces, por desgracia, nos desborda y nos obliga a hacer esfuerzos que nos sobrepasan. Y si a eso unimos el sindiós en que se convierte cada reforma y cada cambio, no es extraño que haya momentos en que añoremos los tiempos de la Olivetti y el papel de calco. Pero eso no es excusa de nada.

              El papel es muy sufrido, me han dicho siempre. Y hoy añadiría que las pantallas y las teclas del ordenador todavía lo son más. Pero nunca podemos perder de vista que, tras cada número, tras cada expediente, tras cada archivo que hay en nuestras mesas o en nuestros ordenadores hay personas esperando justicia. Y la justicia no es dar una solución rápida, ni de trámite, ni que las cosas salgan de cualquier manera. La justicia, según dijo Ulpiano hace muchísimos años, es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde. Una definición que sigue vigente en nuestros días, y a la que no siempre hacemos casos. Ya hablé de ello cuando me confesé fan del Ulpiano team .

              No sé cuántas de las personas que trabajan en la Administración de Justicia van a leer estas líneas. Pero, a las que lo hagáis, os invito a una reflexión. Cuando leáis cada nombre, cada causa, cada cuestión que se nos plantee, pensad que detrás hay seres humanos. Están las personas afectadas directamente y todas las que están a su alrededor. Hay familia y amigos a quienes nuestras decisiones pueden afectar enormemente, e incluso pueden llegar a cambiar su vida. Y por eso, no nos podemos dejar llevar por la inercia.

              Los modelos y formularios son muy útiles, pero no siempre dan la respuesta. A veces, un error en una primera resolución se arrastra durante todo el procedimiento, hasta el infinito y más allá. Y puede ser legal, pero no siempre es lo correcto. Ni mucho menos justo.

              Cuando empezaba mis días toguitaconados, siempre decía lo mismo a mis compañeras y compañeros más cercanos. Les advertía que, si llegaba un día en que no me afectaban los asuntos en los que intervenía, tenían que avisarme. Porque sería el día en que había llegado el momento de colgar la toga. Y, aunque es cierto que no podemos cargar la mochila de las emociones y llevárnoslo todo enganchado en la piel y el alma, no lo es menos que no podemos comportarnos como autómatas. Porque el día que lo hagamos, sobrará nuestra presencia y podrán sustituirnos por robots, o por la IA.

              Dedicarse a la justicia es vocacional. Hay muchos trabajos y muchas oposiciones que podrían reportarnos una vida más cómoda, o unos ingresos más saneados, pero esto es lo que hemos elegido para cumplir con un servicio público que es nuestro fin inmediato, para la persona a la que se refiere el pleito en concreto, y mediato, para el resto de la sociedad. Y no podemos traicionar a nuestra propia vocación.

              Creo que hay que pensar en ello de vez en cuando o, mejor dicho, siempre. Sobre todo, hay que hacerlo cuando el peso de la rutina y la sobrecarga de trabajo nos abruma. No es excusa. Nunca puede serlo.

              Nuestra responsabilidad es muy grande, y las consecuencias de nuestras decisiones pueden ser irreversibles. Por eso hay que pensar muy bien antes de estampar una firma.

              Sé que una gran mayoría de quienes trabajamos en este mundo de togas y derechos lo sabemos y actuamos en consecuencia, o al menos lo intentamos. Pero con una mayoría no basta, ni con intentarlo tampoco. Por eso, hoy no hay aplauso. Lo que sí que hay es un homenaje a aquellos a quienes les fallamos. Ojalá no hubiera sido así. Y ojalá, sobre todo, no lo sea en el futuro.

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