#Relato: homenaje a Clara Campoamor


(este relato forma parte de la antología 101 relatos Judiciales de editorial Vinatea)

Nos la han matado

“Nos la han matado, Doña Clara, nos la han matado”

          Reconocí en el acto aquella letra redonda y esmerada, como de niña pequeña. Yo misma había tomado la mano de su autora para enseñarle a escribir y había dibujado cada letra con ella una y mil veces hasta lograrlo.

            Aurorita era la hija pequeña de Ramona, la mujer que regentaba la fonda de mi añorado barrio madrileño. La pobre Ramona trabajaba como una mula, en una cocina que nunca dejaba de echar humo, y aún aprovechaba las pocas horas de descanso para lavar y planchar las sábanas y manteles de algunas casas de gente pudiente. Sus hijas, Luisa y Aurorita, pasaban muchas tardes conmigo desde que la propia Luisa me hiciera aquella petición que me hizo más feliz a mí que a ellas

  • Doña Clara, enséñenos a leer. No quiero ser tan bruta como madre.

          La reprendí por hablar así de aquella santa, pero, claro está, me hice cargo de las dos hermanas, que venían a mi casa cada tarde, después de ayudar a su madre con las tareas de la casa.

            Luisa resultó tener una inteligencia excepcional, y un ansia de saber cómo nunca había conocido otra. No dejaba de pensar hasta dónde hubiera podido llegara aquella chiquilla si el destino le hubiera reglado otra cuna. Se lo leía todo, lo absorbía todo, lo quería saber todo. Le interesaban los derechos de la mujer y leía conmigo todo lo que le traía. Aún recuerdo cuando le mostré el prólogo de Feminismo socialista, que escribí para aquella magnífica mujer llamada María Cambrils

  • Yo de mayor quiero ser como ustedes. Quiero estudiar, y escribir, y llegar muy lejos. Y demostrar al mundo que las mujeres lo podemos conseguir todo. Que no pueden encerrarnos en la casa a parir y lavar sin otra perspectiva que cuatro paredes y muchos hijos.

          Recuerdo con especial cariño aquel día 19 de noviembre de 1933. Luisa y Aurorita aparecieron muy temprano en mi casa y, excitadas como nunca, me señalaban la cola que se había formado a solo una manzana de mi casa

  • ¿Lo ha visto, Doña Clara? Son las mujeres que esperan para votar. Y todo gracias a usted.

          Las abracé, mientras trataba di disimular las lágrimas que rodaban por mis mejillas. Era un día para el recuerdo, algo que guardaría en mi memoria para siempre. Me acordé del largo camino que había recorrido para llegar hasta allí, un camino lleno de obstáculos y sinsabores, pero que acabó con la mejor de las noticias.

            Todavía me despertaba por la noche envuelta en sudores, recontando una y otra vez los votos del Congreso de los Diputados, para ver si alcanzaban para aprobar la ley que nos daría el voto a las mujeres. Todavía notaba en la garganta el regusto de la indignación que me producía la postura de Victoria Kent. No entendía que, siendo mujer, no apoyara a muerte el voto femenino, el más importante de los derechos políticos. Y tampoco entendía sus argumentos, por muy prácticos que resultaran. Aunque las mujeres fueran a votar lo que sus padres, o sus maridos, o sus confesores les indicaran, era su derecho. Impedírselo sería considerarnos unas menores de edad jurídicas por siempre jamás. Si nosotras mismas no confiábamos en las mujeres ¿quién lo haría?

            Aquel día de noviembre de 1933 Luisa estaba orgullosa. Sonreía con una expresión de satisfacción en la cara que se quedó fijada en mi memoria para siempre

  • ¿Sabe, Doña Clara? Voy a acompañar a madre a votar, y me ha pedido que sea yo quien escoja la papeleta, ya que ella no sabe leer. Que padre quería hacerlo por ella, pero no se lo iba a permitir.

            Sonreí. Al fin y al cabo, Victoria no estaba en lo cierto. Solo había que dotar a las mujeres de esa herramienta tan poderoso como era la educación para que fueran capaces de cualquier cosa por sí mismas.

  • Cómo me alegro, Luisa. Qué orgullosa estoy de vosotras
  • Deje, deje, Doña Clara. Sin usted no sería posible. Y en pocos años, yo también meteré mi voto en esa urna. Y quién sabe si me presentaré a unas elecciones como usted. ¿Cree que podré?
  • Claro que sí, Luisa, claro que sí.

         Se lo dije de corazón, convencida de que así sería. Aquella chiquilla tenía madera. Con un poco de ayuda y otro poco de suerte, podría haber llegado donde hubiera querido.

         Pero ni una ni otra le fueron propicias. La carta de Aurorita había cortado de cuajo mis esperanzas en ella y en las que, como ella, hubieran podido cambiar el mundo.

            Era el año 1938, y Luisa había muerto. Su hermana me contaba que se fue a servir a Alicante, a una casa donde trabajaba una prima de su madre que ya estaba demasiado vieja y cansada y le cedía su puesto. Allí, en el Mercado Central, le pilló aquel horrible bombardeo del que los periódicos apenas se hicieron eco. Su cuerpo quedó destrozado entre frutas, verduras e ilusiones. Y, con su cuerpo, muchas más cosas de las que la propia Aurorita pensaba.

            En el mismo momento en que leía aquella carta, supe que todo había acabado. Con la muerte de Luisa moría para mí la esperanza de que aquella horrible guerra acabara bien, si es que alguna guerra acaba bien. Fue entonces cuando supe a ciencia cierta que ni yo volvería a España, ni Aurorita ni nadie tendrían los derechos por los que tanto luchamos.

            Lloré, lloré mucho, Lloré por Luisa, por Aurora, por Ramona. Lloré por mí y por todas las mujeres que no volverían a hacer una cola como la de aquel día 19 de noviembre de 1933, cuando creímos que por fin éramos libres

            Nos la mataron, Aurorita. Nos mataron a Luisa y a todo lo que hubiera podido conseguir. Nos mataron los sueños, las ilusiones. Mataron nuestros derechos, pero no las ganas de luchar por tenerlos.

“Doña Clara, no dejemos que los sueños de Luisa mueran con ella”

            Así terminaba la carta de Aurorita. Así empezaba un largo camino para todas las mujeres

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