
Hay una conocida película cuyo título escuché siendo niña y que me parecía algo increíble. Se trataba de Mamá cumple cien años y a la niña que yo era en aquel 1979 en que se estrenó aquello le parecía ciencia ficción, aunque no hubiera platillos volantes, extraterrestres o seres fantásticos. Pero me parecía imposible que alguien llegara a esa edad. Sin embargo, la realidad siempre supera la ficción.
Tal vez a alguien le parezca que no estoy hablando de nuestro teatro, pero no es así. Porque sin esa persona que hace hoy una semana cumplía cien años, yo no estaría contando ahora misma estas cosas, ni con mi toga y mis tacones ni sin ellos. Porque, simplemente, no existiría. Porque soy tan afortunada que par mí se ha hecho realidad el título de aquella película. Mi mamá ha cumplido cien años.
No es la primera vez que hablo de ella. Ya le dedique un estreno por el día e la madre, y a ella y a todas las madres del mundo me refería cuando hablaba del derecho casero , ese Derecho que inventaron las madres y que a veces tiene mucho más de justicia que la que se aplica e los tribunales. O, como cualquier madre diría, ni justicia, ni justicio.
Como decía, mi madre cumplió cien años y, además, tengo la suerte de que lo haya hecho en buena forma, en pleno uso de sus facultades intelectivas y volitivas y con un más que envidiable estado de salud teniendo en cuenta su año de nacimiento. Y por eso hemos disfrutado de una fiesta -o, mejor dicho un fiestón- que me apetecía compartir con quienes cada semana se asoman a estas páginas para leerme. Que no todo va a ser quejarse y reivindicar.
Como no podía ser de otra manera, tuvo un regalo especial. Además, claro está, de una celebración fantástico, incluida la llegada sorpresa de su nieta desde el extranjero y culminada con una tarta con forma de máquina de coser de las de toda la vida, la que utilizaba para coser a mí y a todas sus clientas vestidos maravillosos y que siguió utilizando para vestir a sus nietas de falleras.
Y ese regalo seguro que les resulta familiar a quienes siguen habitualmente mis aventuras y desventuras toguitaconadas. Porque no es otro que la imagen que ilustra este post, realizada, como tantas otras de este espacio, por @madebycarol, que quiso sumarse a nuestra fiesta aportando este maravilloso regalo que tanto gustó a su destinataria. Como no podía ser de otro modo.
No obstante, y por alguien se pregunta todavía qué tiene que ver mi madre con Toguilandia, responderé encantada. Porque, a pesar de no haber pisado una Facultad, como tantas mujeres de aquella generación a la que todo les estaba vedado, mi madre sabe más de Justicia que muchas personas con un doctorado. A la fuerza ahorcan.
En primer término, porque ser esposa, nuera, madre y tía de juristas ya debería convalidar alguna asignatura. Pero, sobre todo, por una circunstancia a la que ya he aludido varias veces. Cuando mi padre perdió la vista, fue mi madre la que le prestaba sus ojos para leer sumarios y preparar informes, y sus piernas para ir de un juzgado a otro. Y eso da muchas más tablas que muchas horas de clase, desde luego.
En segundo lugar, porque sin ella yo no estaría aquí haciendo lo que hago. Porque reconozco, y siempre reconoceré, que un porcentaje importante de mi aprobado en la oposición de fiscal le corresponde a ella, que me apoyó, acompañó y me financió con tanta paciencia como cariño. Que aguantar a una opositora no es cualquier cosa. Cualquier madre o padre en esta situación seguro que lo confirma
Pero, sobre todo, porque tiene un sentido de la Justicia que le nace desde dentro y que espero que haya conseguido inculcarme. También tiene unos valores que serían dignos de estar en cualquier Declaración de Derechos Humanos y que reconozco que me han servido mucho y me siguen sirviendo para tomar cada una de las decisiones que he tomado en mi vida profesional. Y lo que te rondaré morena
Así que aquí queda eso. La función de hoy tenía que ser esta. Y el aplauso para ella, mi madre. Que se merece eso y mucho más