Sinceridad: ¿defecto o virtud?


              De niños nos enseñaban que había que decir siempre la verdad. Pero con el tiempo, esa afirmación no es tan absoluta, y la verdad no es siempre lo más conveniente. Sobre La verdad giran varios títulos de películas, como La verdad duele, Las dos caras de la verdad o Toda la verdad, por nombrar algunos. E igual pasa con su antagonista, la mentira, cuyo exponente universal es Pinocho, del que hay múltiples versiones cinematográficas.

              En nuestro teatro, la sinceridad no es siempre una virtud. Aunque tampoco podemos decir que siempre sea un defecto. Depende, como casi siempre, del papel que se interprete, es decir, del lugar que se ocupe en los estrados. O de la posición procesal, para ser más exacta.

              La gente que no frecuenta Toguilandia ignora muchas veces que la principal diferencia entre la declaración de un testigo y la de un acusado o investigado es la posibilidad de mentir o no o, dicho de otro modo, la obligación de decir la verdad.

               Aunque en nuestro Derecho a los testigos no se les hace jurar, como en las películas americanas, que dirán “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, sí que se les recibe juramento o promesa de decir verdad, advirtiendo que el falso testimonio -es decir, mentir- está castigado con penas de cárcel. Solo hay una excepción, que es la situación en la que se encuentran las personas que tienen con el acusado una relación de pareja o parentesco. En ese caso, pueden acogerse a lo que se denomina dispensa legal, que hay que recordar que es una excepción a la regla general de obligación de declarar, no un derecho. No es comparable, por tanto, con el derecho que asiste a cualquier investigado de no declarar. Y, como ya he dicho algunas veces, es una pena, pero no hay Biblia, ni que ponerse la mano en el pecho ni nada de todo eso que hacen en las series americanas. Aunque sí que he visto a testigos empeñados en hacer todas esas cosas. Recuerdo a uno que llegó a arrodillarse y santiguarse antes de declarar, sin que nos diera tiempo a evitarlo y aguantando la risa a duras penas. Por estas, que son cruces.

Hay una anécdota que circula por ahí, que no sé si es leyenda urbana o verdad verdadera, pero que si no es cierta podría serlo. Estaba un acusado declarando toda clase de cosas increíbles cuando dijo «por mi santa madre, que en gloria esté se lo juro». Y hasta ahí, todo normal, si no fuera porque luego, cuando se acababa el juicio, una señora pidió permiso para acercarse al acusado, que ya se venía venir que iba a tener una larga estancia en prisión, y dijo «es que soy s madre». Y no, no estaba en la gloria, precisamente

También los hay que llevan un papel aprendido y de pronto se les ve el plumero. Hubo una testigo que, tras una declaración impecable, miró al acusado al marcharse y le dijo por lo bajini “¿lo he hecho bien?”. Lo que no sabía es que el micrófono del acusado estaba encendido y lo pudo oír toda la sala.

              En cambio, el investigado, o ya acusado en el juicio, tiene derecho a declarar o no declarar y, si lo hace , puede decirnos todas las mentiras que quiera porque no tiene obligación de decir verdad. Ahora bien, es recomendable no pasarse de castaño oscuro si no se quiere poner de los nervios al tribunal. Recuerdo a un magistrado que les solía decir que el derecho a no declarar contra sí mismo no consiste en tomar el pelo al tribunal.

              Pero hay veces que surgen arrebatos de sinceridad espontáneos que acaban variando el curso de los acontecimientos. Es algo que pasa con relativa frecuencia cuando l acusado hace uso de su derecho a la última palabra , con la cara de espanto que siempre pone su representación letrada. En ese trámite he oído destrozar una defensa en menos de un minuto, diciendo cosas como que “yo no agredí a mi mujer, solo la empujé”. No hace mucho, me contaron que en uso de ese derecho un acusado dijo muy enfadado que estaba indignado con su abogada, que él ya le dijo que viniera de testiga (sic) su prima y no su hermano, que ella mentía mucho mejor. Pero no me extenderé más en esto, que ya tuvo su propio estreno, aunque podría tener varios más.

              De todos modos, los arrebatos de sinceridad no siempre vienen del mismo lado. Había una magistrada a la que alguna vez se le escapaba un “que pase el condenado”, porque ya tenía decidido el contenido de la sentencia. Aunque, por supuesto que luego podría cambiar de idea. También he visto a más de una abogado o abogada que, ante casos evidentemente perdidos, no han sabido disimular y se les ha escapado un “no tengo nada que hacer”. Y, por supuesto,  a fiscales que dicen “yo, que usted, me conformaría” o lo contrario, como un “yo de usted no lo haría, forastero” propio del western más típico. Y es que en todas partes cuecen habas y, en Toguilandia, a calderadas.

              Así que yo recomiendo siempre que, antes de decir algo en este mundo nuestro, se respire hondo y se cuente hasta diez. Algo que vale también para oros ámbitos de la vida. Y mientras lo pensamos, no olvidemos el aplauso de hoy, dedicado a quienes, desde sus respectivo lugares, han de aguantar estos arrebatos de sinceridad y lo llevan de la mejor manera posible. Paciencia.

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