Karma: la fuerza del destino


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  La mayoría de las personas creemos en la existencia del  destino. la Providencia, el karma o lo que quiera que sea que pueda intervenir en los acontecimientos al margen de la actuación humana.  Se tengan las creencias que se tenga, o no se tenga ninguna, todo el mundo se ha acordado alguna vez de ese Más allá que a veces bromea con nuestras vidas. Y, por supuesto, el mundo del arte refleja perfectamente esto en muchas obras. El ángel de Qué bello es vivir, ese dios que se equivoca de El cielo puede esperar o alusiones al destino en títulos como Dos hombres y una destino son una buena muestra. Aunque a mi el título que más me gusta al respecto es No culpes al karma de lo que te pase por gilipollas. Muy ilustrativo. Tanto como, más breve, el de Maldito karma.

  En nuestro teatro, aunque nada digan las leyes –faltaría más- el karma interviene gastándonos sus bromas pesadas o macabras muchas más veces de las que creemos. Seguro que mucha gente ha tenido experiencias de ese tipo

En mi vida profesional, pocos casos me han remitido más al karma, o a la justicia divina, si se prefiere, que uno que me encontré al principio de mi andadura toguitaconada. Se trataba de una mujer que fue violada salvajemente. La víctima y el autor se vieron por vez primera en un bar e iniciaron una conversación, tras la cual él se ofreció para llevarla a casa en coche. Una vez el vehículo, lejos de dirigirse a casa de ella, se desvió y, en un descampado, le requirió para tener relaciones sexuales y como ella se negó, le dijo que lo haría por las buenas o por las malas. Ella, en ese trance, le advirtió repetidas veces que estaba infectada del virus VIH y que podría contagiarse. El no le hizo caso y la violó de un modo tan bestial que, a los fluidos propios del sexo se añadió la sangre. Pues bien aquel desalmado fue condenado, entre otras cosas, por la prueba fundamental consistente en la pericial que acreditaba que se había contagiado del virus. Para acabar la historia, diré que en aquella época el SIDA causaba un enorme número de muertes. No sé si ese fue el destino del violador pero lo que si es claro es que el karma le dio un buen palo. Más que merecido, por cierto.

La otra ocasión en que los hechos me demostraron que el karma existe, fue otro de los asuntos que más me ha marcado en mi trayectoria profesional, del que creo que ya he hablado alguna vez. Se trataba de una mujer mayor que se negó a denunciar los malos tratos que le propinaba su pareja que, además, parece ser que le sacaba los cuartos, según dijeron sus sobrinas. A pesar de que se negó a declarar, se impuso, a instancias del Ministerio Fiscal, un auto de alejamiento. En unos días, la mujer apareció muerta en la bañera. La investigación condujo a la detención de él y su ingreso en prisión preventiva, pero sabíamos que, pese a la concurrencia de indicios claros de su intervención en la muerte de ella, no sería fácil de probar. No hubo lugar, porque el destino quiso que muriera de un infarto en el centro penitenciario. Algo más que sumar al karma, aunque confieso que aquella mujer que no logramos salvar todavía se me parece en sueños más de una vez. Ojalá descanse  de verdad en paz.

Pero no todo va a ser dramático cuando de destino se trata. En ocasiones, el karma nos devuelve deudas pendientes de mucho tiempo atrás. Confieso que sentí un noséqué perverso cuando, muchos años después de haberla visto por última vez, tropecé con una compañera de colegio que parecía tenérmela jurada en su día. Ella no pudo evitar ponerse verde envidia al comprobar que yo era fiscal y ella nunca había conseguido aprobar nada y yo recibí la noticia sin poder evitar una sonrisa.

Curiosa es también la historia de una de mis compañeras que tuvo que sufrir que, en el rato anterior a entrar a examinarse de la oposición, los padres de otro de los examinandos trataran de desarmarla diciendo lo bien preparado que iba su hijo y que mejor sería que ella se casara con aquel novio tan majo que la acompañaba y dejara paso a quienes sabían. Mi amiga fue una de las primeras de aquella promoción de 150 fiscales, mientras que el niño de papá suspendió. El karma, sin duda.

Otras veces, el banquillo es un lugar donde el karma brilla especialmente. Así le pasó a un compañero que tuvo como detenido a quien le hizo la vida imposible con una historia de acoso escolar en el colegio a la que entonces nadie daba importancia. El acosador adolescente devino delincuente adulto y fue a prisión con tantas pruebas contra él que mi compañero no tuvo remordimientos ni duda alguna.

Y, si de detenidos hablamos, recordaré la historia del muchacho que atracó, navaja en mano a una mujer embarazada en su patio y que, detenido al día siguiente, prorrumpió en llanto al comprobar que aquella embarazada víctima de su delito era nada menos que la fiscal de guardia. Ella se abstuvo, pero él reconoció su delito y fue a prisión derechito.

Parecido destino tuvo otro atracador incauto que no tuvo otra ocurrencia que perseguir a la víctima a la que había echado el ojo por varias calles hasta esperar el momento propicio para poner en marcha su plan sin percatarse que la mal fortuna había querido que eligiera a una fiscal como víctima, y que la persiguió hasta la mismísima puerta del juzgado de guardia donde ella, que sí se había percatado del acecho, no tuvo más que decirlo para que salieran a buscarle de inmediato. El angelito, además, estaba en busca y captura por un par de robos más. Desde luego, debió maldecir el momento en que decidió seguir a aquella mujer con un maletín en la mano.

Por último, otra historia de detenidos. La de un quebrantador de condena profesional –todos los días se plantaba delante de casa de su ex – que, tras haberse librado de prisión en la primera y segunda detención alegando que era extranjero y no entendía bien el auto, fue nuevamente detenido y coincidió, oh mala suerte, con la misma fiscal, que ya le había advertido que cuidado con volverlo a hacer, que lo de no entender ya no iba a colar. Al verme –habeis adivinado, era yo- se tiró al suelo llorando y maldiciendo su mala suerte. Por supuesto, en perfecto español.

Hasta aquí, las historia del karma. El aplauso, para todos aquellos que solo se merecen que les devuelva cosas buenas. Seguro que al final, el karma me da la razón

 

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