Atrezzo: puesta en escena


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Cualquier cosa en la puesta en escena es importante. Un detalle aparentemente nimio puede dar al traste una buena ambientación, como el reloj de pulsera que algunos dicen haber visto en una escena de las cuádrigas de Ben Hur, fuera totalmente de la época en la que estaba ambientado. Ignoro si esta leyenda urbana es auténtica, pero lo bien cierto es que cada cosa tiene su entorno adecuado y sin él la credibilidad se va al garete. Yo nunca olvidaré la cortina con la que se hizo un vestido escarlata O,Hara en Lo que el viento se llevó, y que sigo mirando cada vez que vuelvo a ver la película sabedora de que en algún momento la ceñirá a su cuerpo y le quedará divinamente. Tampoco olvido, cada vez que miro la Lista de Shchindler, el abriguito rojo de la niña que corría en el guetto y que luego veríamos en la pila de cadáveres amontonados, todo un símbolo.

Nosotros también tenemos nuestro atrezzo, nuestra peculiar puesta en escena fruto en muchos casos de una tradición vetusta y en otros de la improvisación y la falta de medios, cuando no una mezcla de ambos.

Las sedes más antiguas todavía tienen sus viejos cortinajes de terciopelo rojo, sus tapices y su profusión de madera labrada. Como ésas que vemos en las fotos de la apertura del año judicial. Y como quienes opositamos tuvimos oportunidad de ver, con una mezcla de pánico y esperanza, cuando nos examinábamos. En mi retina han quedado para siempre grabadas las enormes puertas verdes y doradas del Tribunal Supremo, la antesala de la gloria o el fracaso. Tengo una compañera que dice que cada vez que las ve en la televisión vuelve a sentir de inmediato dolor de estómago. Y no es para menos. También recuerdo de esa época el salón de los pasos perdidos, donde caminabas contando los baldosines una y otra vez hasta que el agente judicial salía con la lista de los afortunados que habían aprobado. Nunca un papel garrapateado me ha parecido más hermoso que aquel que tenía mi nombre y mi nota apuntada. Lástima que entonces no había móviles para inmortalizarlo, porque más de uno y una lo usarían de fondo de pantalla, de perfil y hasta para empapelar el despacho, si se tercia.

Pero después las cosas nunca son tan solemnes. Las sillas nunca son tan altas ni hay cortinajes ni dorados. Ni falta que nos hacen, la verdad. Aunque esas salas vetustas tienen su aquél. Recuerdo que en la antigua Audiencia Provincial de Valencia –hoy sede del Tribunal Superior de Justicia, de la que ya he hablado alguna vez- todavía tenían brasero escondido bajo los estrados y hasta un cenicero incrustado. Ni que decir tiene que inutilizados uno y otro hoy en día. Y las sillas con muelle traidor, que espero que hayan sido reparadas o sustituidas, porque eran una tortura. Y, aunque muchos no lo saben, la campanilla. Porque en el Derecho español no hay mazo como vemos en las películas, aunque la cultura audiovisual americana se va imponiendo y ya hay muchos que se llevan su mazo de casa, regalado generalmente por algún amigo.

Lo que siempre existió y existe aún son los micrófonos. Por más que, obviamente, han cambiado su aspecto. Es curioso observar como reaccionan testigos, acusados y hasta profesionales ante el micrófono. Recuerdo una testigo que lo agarraba como si fuera a arrancarse por sevillanas, y llegó a preguntar un “¿se me escucha?”, ante el que casi se nos escapa la carcajada. También hay quien le da golpecitos y hasta alguna vez he creído oir eso de “probando, probando” como si estuviéramos en un programa de radio. Y es que a veces es difícil hacer entender que están para grabar, no para retransmitir, y que no se trata de emular a Raphael, sino de grabar la vista en condiciones. Aunque confieso que, en ocasiones, ardo en deseos de que existiera un dispositivo como en aquel programa de televisión, 59 segundos, en que el orador que se pasaba de tiempo veía como el micrófono desparecía ante sus narices. Pero, por más modernos que sean, siguen creando problemas. Y alguna vez me he visto obligada a repetir una vista porque no se había grabado. Con lo difícil que es repetir lo mismo.

Y, por si alguien no lo sabe, tampoco gastamos peluca, ni siquiera birrete, aunque sé de buena tinta que algún juez le gustaría aunque solo fuera por disimular la calvicie. Y, por qué no decirlo, también podría resultar práctico si una no lleva bien el pelo o le hace falta un repaso al tinte.

En cuanto a las sillas, aunque no lo parezca, son objeto de sus disputas. El Juez suele tener una muy grande, algo que nunca tiene el fiscal, por más que la Ley diga que son iguales en honores y tratamientos. Y a veces hay que sentarse en cualquier sitio. También es curioso el batiburrillo de mobiliario cuando en un juicio intervienen muchas partes y faltan asientos para todas ellas. Se traen de donde se puede, y se crea un curioso aspecto kisch que quita toda solemnidad, y evoca alguno de los mejores momentos de Almodóvar. Más de una vez nos hemos apretado como sardinas en lata porque los estrados no daban más de sí. Pero ahí seguimos, haciendo lo que podemos. Con toga, con tacones o mocasines pero sin peluca. Y, a veces, hasta sin silla.

Pero no podré el The End a este estreno sin referirme a algo a lo que no se da la importancia que tiene, más aún a partir de la entrada en vigor del Estatuto de la Víctima. El famoso biombo para evitar el contacto visual de víctima o testigos con el acusado, si así lo quieren. Y es que los he visto de todos los modelos posibles, desde el que hace juego con la sala pero hay que tunear con un cartón para que tape el cristal, no tan opaco como debiera, hasta los archiutilizados de mimbre, pasando por alguno que otro de tipo japonés, que vaya a ustedes a saber de dónde han salido pero me recuerdan a aquellos que usaban las vedettes para cambiarse mientras el caballero esperaba. Y, si no fuera por la seriedad del momento, en más de una ocasión parecía que iba a salir de ahí la mísmisima Sarita Montiel cantando el Fumando espero. Aunque el premio se lo lleva el construido con cartones a modo McGyver, con un agujero recortado en medio en función de mirirlla, que se usaba en uno de los primeros juzgados donde trabajé.

Así que hoy el aplauso es para quienes siguen impartiendo Justicia sea cual sea el atrezzo. O pese al mismo. Hasta con techos que se caen a pedazos y paredes desconchadas. Porque ya sabemos que el hábito no hace al monje. Ni el terciopelo al jurista.

 

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