
EL GOL QUE LO CAMBIÓ TODO
Hacía tiempo que había perdido la esperanza de volverlo a ver. Yo, y toda mi familia, algo que me dolía especialmente por mi padre, cuya precaria salud anunciaba un final próximo.
La partida de mi hermano dolió, pero lo que más dolió fue el corte radical en las relaciones con nosotros. Y es que, fiel a su cabezonería de siempre, cumplió al pie de la letra aquella frase que escupió, más que dijo, al cruzar por última vez el umbral de la casa familiar. Gritó que ya no éramos su familia y fue consecuente.
Mi madre apenas hablaba de él, pero celebraba a escondidas su cumpleaños. Incluso sospecho que le mandaba cartas, mensajes y hasta regalos que a buen seguro no llegaron a su destino o no fueron atendidos. Hacía años que no sabíamos donde vivía. Ni siquiera sabíamos si vivía.
El desencadenante de la tragedia fue, como en tantas otras tragedias familiares, una herencia. Mi abuelo murió sin testamento y mi padre y sus hermanos hicieron lo que pudieron para repartir unas cuantas tierras en el pueblo y el puñado de joyas de mi abuela entre los ocho hermanos y más de quince nietos. Mi hermano quería unas tierras que entendía que le correspondían, porque se había dedicado a ellas, pero, por alguna razón que desconozco, no le tocaron en el reparto. Su enfado fue tan monumental que tiró al suelo el collar de la abuela que la que entonces era su mujer había elegido y que sí le había correspondido.
Lo siguiente que supimos de él fue a través de la llamada de un notario que nos comunicaba que renunciaba a la herencia. Y a partir de ahí, nunca más le vimos ni escuchamos. Hasta aquel día.
Era el 11 de julio de 2010 y mis padres estaban sentados delante del televisor viendo el reportaje previo a la final del Mundial de Fútbol de Sudáfrica. A los dos les gustaba el fútbol, y siempre veíamos en casa los partidos de la selección con toda la parafernalia de unos buenos aficionados. Mi hermano y yo nos pintábamos la cara, y ellos se ponían sus bufandas, aunque hiciera un calor de mil demonios. Papá siempre sacaba la camiseta de Naranjito, que guardaba desde el Mundial de 82, y nos reíamos de él. Era días felices.
Aquel día de julio de 2010 mi padre también llevaba la camiseta de Naranjito. Mi madre se la había puesto a pesar de que él parecía ya desde hacía tiempo ajeno al mundo. El Alzheimer había ido barriendo sus recuerdos hasta dejarle casi sin nada, pero ella no quería faltar a la tradición. Por si acaso, como repetía siempre.
Entonces sonó el timbre. Abrí sin preguntar, pensando que era un vecino que solía acompañarnos en nuestras tardes de fútbol, y la sorpresa fue mayúscula. Ante mis ojos se presentó mi hermano, con una camiseta de Naranjito y muchos años encima. Le abracé y le indiqué con la mirada el sillón en que nuestra madre había colocado a nuestro padre para presenciar la final, aunque no se enterara de nada. Mi hermano avanzó y, como si no hubieran pasado ni los años ni los conflictos, se sentó junto a él.
Mi madre y yo aguantamos la respiración mientras el partido se desarrollaba en nuestro televisor. Mi padre no daba signos de aquel fuera un día distinto a los demás, marcado por el olvido y la desmemoria. Hasta que llegó el minuto 116 de la prórroga. En ese momento en todas las casas de España sonaban gritos de alegría, pero en la mía fueron especiales. De pronto, escuchamos la voz de mi padre gritando “1Gol de Iniesta!” y abrazando a mi hermano.
Su cara y su voz eran del pasado, pero su abrazo fue presente. Un presente que se convertiría en futuro de ahí en adelante. Porque aquel gol lo cambió todo.