Afinidad: entre el parentesco y la amistad


                Las personas solemos juntarnos con otras con las que tenemos algo en común. Es difícil relacionarse, salvo que no haya más remedio, con alguien con quien no se comparte nada. Pero, a veces, no queda otro remedio. Y surgen Las Amistades peligrosas o las Amistades irreconciliables de que hablan algunas películas. O los Amigos para siempre que nos cantaban Los Manolos, que de todo hay.

                En nuestro teatro, la afinidad tiene características propias, diferentes de lo que entienden el común de los mortales. Así, manejamos, por un lado, el concepto jurídico de “afinidad”, que es lo que fuera de Toguilandia se denominan “parientes políticos”, junto al concepto general que hace referencia a compartir intereses, fines o, simplemente, el sentirse a gusto con otra persona. Que no es poca cosa.

                En cuanto a la afinidad como concepto jurídico, se refiere a aquel parentesco que se tiene con alguien no por sangre sino por un vínculo matrimonial o análogo. O sea, cuñados, suegras, nueras, yernos y demás.

                La afinidad o, más correctamente dicho, el parentesco por afinidad tiene su reflejo en muchos más perceptos de lo que a primera vista pudiera parecer. El parentesco por afinidad aparece en numerosos artículos del Código Civil referidos a las sucesiones y en otros muchos de Derecho de familia.

                Por su parte, en el Derecho Penal encontramos que el parentesco por afinidad se equipara en muchos casos al parentesco por naturaleza, tanto cuando hablamos de circunstancias modificativas de la responsabilidad penal, como la circunstancia mixta de parentesco -en la inmensa mayoría de los casos contemplada como agravante- como cuando nos encontramos con subtipos agravados de determinados delitos o con delitos relativos a la violencia de género o a la violencia doméstica.

                En nuestra vida diaria, convivimos con el parentesco por afinidad continuamente. Todo el mundo tiene cuñadas, suegras, yernos o nueras con los que se lleva más o menos bien. Aunque hay que reconocer que el término “cuñado” cada día tiente un mayor tinte peyorativo, de una manera totalmente injusta para muchos buenos cuñados. No obstante, hay que reconocer que el cuñadismo ha adquirido carta de naturaleza y todo el mundo lo relaciona con el marisabilidillo de turno que, si te descuidas, te fastidia cualquier evento familiar. Así que aprovecharé para defender a los cuñados que no ejercen el cuñadismo en ese sentido y que se convierten en verdaderos hermanos. Lo sé bien porque hace poco perdí a uno y lo sigo echando de menos.

                Aunque si hay parientes políticos que llevan criando mala fama toda la vida, esas son las madrastras y las hermanastras. Y es que cuentos como Blancanieves o Cenicienta hicieron mucho daño, y las estigmatizaron para siempre. Y me consta que hay muchas que son estupendas. Verdad verdadera.

                En cuanto a las hermanastras, no puedo dejar de hacer una observación. Con carácter general mucha gente confunde “hermanastras” o “hermanastros” con lo que en realidad son hermanos o hermanas de un solo vínculo. Y lo utilizan en programas de corazón para referirse a los hijos e hijas de famosos con varias parejas a sus espaldas. Pero en Derecho eso son hermanos y hermanas de un vínculo, por contraposición a quienes comparten padre y madre. Y lo son por naturaleza o consanguinidad, no por afinidad. No obstante, la RAE acabó admitiendo esa segunda opción -la de llamar también “hermanastros” a los “medio hermanos”, por que no le quedó más remedio. Pero, como explico siempre, en Toguilandia, “hermanastras” son las hijas de la pareja del padre o de la madre, como las de Cenicienta. Y eso es lo que hay.

                No voy a echar el telón de este estreno sin referirme a esa otra afinidad, la que se tiene con alguien con quien se comparten intereses, aficiones o modo de pensar, y que es una especie de parentesco extraoficial. La afinidad es parecida a la amistad, pero no coincide exactamente. Es muy probable que con las más íntimas amigas se tenga mucha afinidad, pero puede existir la amistad sin afinidad y la afinidad sin amistad. Aunque, si coinciden, mejor. Como hubiera dicho mi madre, cuanto más azúcar, más dulce.

                Y ahora sí que echo el telón por hoy. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, que hoy va dedicado a todos esos parientes políticos que se salen del cliché del cuñadismo o de la madrastra o hermanastra malvada: porque haberlo, haylos. Afortunadamente.

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