#cuentosdeNavidad : Navidades malditas


NAVIDADES MALDITAS

  • Mamá, ¿quieres el regalo de Navidad que hemos hecho el colegio?
  • Ya sabes que no quiero saber nada de la Navidad. Regálaselo a la tía, o a quien quieras. Yo no quiero nada
  • Pero mami…míralo al menos
  • No seas pesada, Marta. Ya me has oído.

         Todavía recordaba esa conversación como si fuera ahora mismo. Yo tenía unos cuatro o cinco años, y era la primera vez que me percataba de aquella animadversión de mi madre a la Navidad. Lo cierto es que nunca la habíamos celebrado, pero yo nunca había sido consciente de ello hasta que en la guardería pasamos todo el mes haciendo un árbol de navidad con botes de yogur y, cuando lo llevé a casa, mi madre casi me lo tira a la cara.

            Entonces no podía saberlo, porque era un tema tabú, pero una tarde de Nochebuena, cuando ella estaba embarazada de mí, mi padre sufrió un accidente de tráfico en el que fallecieron él, el que hubiera sido mi hermano mayor, y sus padres, mis dos abuelos. Un verdadero drama que mi madre no había superado, y que se hacía especialmente presente en nuestra vida cuando llegaban estas fechas. Por supuesto, en mi casa no había árbol ni belén, ni espumillón decorando los marcos de las puertas, ni se cantaban villancicos. Es más, se solía apagar la televisión para que no aparecieran anuncios que decían que volvías a casa por Navidad, o en los que bailaban mujeres vestidas con vestidos brillantes animando al consumo de cava.

            En cuanto a los regalos, mi madre solía hacérmelos cuando yo quisiera o llegado mi cumpleaños, sin necesidad de cartas a los Reyes o a Papá Noel. Ella no quería intermediarios navideños. Pero yo entonces no comprendía nada. Y se lo contaba llorando a mi mejor amiga cuando vino un día a merendar a nuestra casa.

  • ¿Y a ti no te traen nada los Reyes Magos? ¿O Papá Noel?
  • No
  • Entonces ¿a quién le vas a pedir los patines que hemos pedido toda la clase? ¿Te vas a quedar sin patines?
  • Se los pediré a mi madre. Ella siempre me compra lo que pido
  • Pues es una pena, porque si te los trajeran los Reyes, tu mamá no tendría que gastarse el dinerito
  • No sé…
  • Pero ¿tú te portas bien todo el año? Porque a lo mejor es eso. Los Reyes traen cosas solo a los niños que se portan bien
  • Pues yo me porto bien. Te lo prometo

           No me percaté de que mi madre estaba escuchándolo todo desde la puerta, que se disponía a abrir para traernos la merienda. Tampoco puede ver sus lágrimas, aunque estoy segura de que ella sí vio las mías.

            Al día siguiente, en el recibidor de mi casa lucía orgulloso el arbolito hecho de envases de yogur, y las puertas y ventanas de nuestra casa amanecieron decoradas con espumillón brillante y lazos rojos. No podía creerlo, pero no quise decir nada por si la magia desaparecía. Fue entonces cuando decidí escribir mi cata a los Reyes Magos, y les pedí los patines que tanto anhelaba. No le dije nada a mi madre, porque eso era una cosa entre los Reyes y yo.

            El día 6 de enero corrí al árbol que había hecho en clase, y cuando vi varios paquetes primorosamente envueltos, no podía creerlo. Los Reyes me habían hecho caso, y allí tenía mis patines, además de un traje de bailarina de color rosa que era mi sueño desde hacía tiempo

  • Mami, ¿has visto? Los Reyes Magos me han hecho caso

              Mi madre me abrazó llorando, sin decir nada. Aquella fue mi primera Navidad, y la recuerdo como la más feliz de mi vida. Le siguieron otras muchas, hasta el día en que descubrí la razón de que mi madre las odiara tanto. Para entonces, ya se había reconciliado con ellas.

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