
Según el diccionario, friqui -o friki- es alguien extravagante, raro o excéntrico y, coloquialmente, una persona pintoresca o extravagante. Pero el frikismo tiene una gran relación con el mundo del cine y de la televisión. No en balde, e día del orgullo friki se celebra el 25 de mayo, con el motivo del lanzamiento de la película La guerra de las Galaxias, una ficción muy significativa para la comunidad friki. Además, las series de televisión están llenas de adorables -y no tanto- frikis, como los protagonistas de la inolvidable Big Bang Theory y, por supuesto, su secuela, El joven Sheldon.
En nuestro teatro podríamos entender que no hay frikismo, o entender que todos y todas en Toguilandia tenemos mucho de eso, según se vea. Pero vayamos por partes.
En primer lugar, no puedo olvidarme de esas personas que son parte de nuestro mundo y llevan a gala ser fans de Star Wars hasta la locura. Y citaré a dos de ellas a las que tengo especial cariño: Loreto Ochando, periodista de tribunales, y Yolanda Álvarez, abogada, compinche y mucho más, cuya pasión llega hasta el punto de hacerse llamar Princesa Leia en la red social X, antes Twitter.. A ambas va dedicado especialmente este estreno.
Pero, además de esas personas que cumplen con el primer mandamiento de frikismo, la devoción por la Guerra de las Galaxias y todo su mundo, podemos ver, a poco que rasquemos, alguna que otra manifestación más de frikismo.
Así, si partimos de la palabra “friki” como sinónimo de extraño o extravagante, podríamos decir que en nuestro escenario tenemos un filón. A poco que pensemos, seguro que nos vienen a la cabeza muchos personajes que tienen tantas peculiaridades que encajaría a la perfección en el concepto.
Por un lado, están los locos y locas de los Códigos y las sentencias, esos que son capaces de recitarte el Código Penal o el Código Civil o de encontrarte la sentencia adecuada a cada caso en un nanosegundo. En realidad, es aquello en lo que nos convertimos mientras estudiamos las oposiciones, y que luego se convierte en una parte de nuestro carácter. Ya he contado muchas veces que todavía no me he quitado algunas taras de la oposición, y m consta que no soy la única. Yo todavía sueño de vez en cuando que el ordenamiento jurídico me aplasta, y eso supongo que me convierte en una friki de primera clase. ¿O no?
Aunque más de una vez el frikismo viene de otras partes de estrados. En la realización de nuestra profesión, nos encontramos muchas veces con investigados y testigos cuyo aspecto ya denota por sí mismo que pertenecen a uno de esos colectivos rarunos que también entrarían en el concepto de “friki”.
Así, me he encontrado con testigos cuyo look recuerda al de los comics Manga, con sus coletas, sus zapatos enormes, y sus calcetines hasta las rodillas, junto con un maquillaje de los más peculiar. También me he encontrado a alguna chica gótica, con su ropa, su maquillaje y sus uñas negras, y a este respecto lo más curioso fue la cara de asombro -por decirlo de algún modo- del magistrado que la tenía ante sí, un señor mayor con la jubilación ya muy cerca que no daba crédito a lo que veían sus ojos y que no dejaba de mascullar que la gente ya no tenía respeto para venir a los juzgados.
Sin embargo, cuando de investigados se trata, en cuanto se ven con el agua al cuello se olvidan de cualquier extravagancia y tratan de ser lo más discretitos posibles para no causar mala impresión al tribunal, no vaya a ser que se topen con un magistrado como el que contaba antes.
Confieso que a mí más de una vez me gustaría tener mi espada láser para poder usarla a mis anchas, pero no hay manera. Y, aunque mis moños de fallera tienen cierta similitud con el peinado de la Princesa Leia, tampoco me he atrevido nunca a ir con ellos al trabajo. Aunque nunca sabe.
Y con esto acabo por hoy. Por supuesto, deseándoos que la suerte os acompañe y dedicando el aplauso a todas esas personas que no tienen problema en salirse de los moldes convencionales. Porque todo el mucho tenemos una parte friki.