
El riesgo, como el miedo, es algo muy subjetivo. Por más que haya factores que indiquen que existe, cada cual lo percibe de una manera. O, simplemente, no lo percibe, como el Juan sin Miedo del cuento. El riesgo es una parte importante de muchos géneros cinematográficos, especialmente cuando hablamos de cine de acción o de intriga. Y es que la adrenalina que producen cintas como Misión imposible, El cabo del miedo, Psicosis, El resplandor y otras muchas es algo que todo el mundo ha notado alguna vez.
En nuestro teatro el riesgo es un ingrediente consustancial de buena parte de nuestras funciones, y siempre hay que tenerlo presente. Por eso valorarlo adecuadamente es tan importante. Pero, como sugiere el propio título de este estreno es uno de nuestros caballos de batalla. Pero no el único.
La valoración del riesgo cobra especial relevancia en materia de violencia de género, y también en violencia doméstica, aunque el riesgo pueda existir en otros ámbitos. Pero hoy me centraré en este. Porque, por desgracia, de ello se habla mucho estos días, a propósito de los últimos asesinatos de violencia de género, en que las víctimas habían denunciado en su día, aunque no tenían ninguna medida en vigor cuando ocurrieron los hechos.
Como ocurre cada vez que una tragedia de esta índole ocurre, los medios de comunicación, las redes sociales y los todólogos profesionales o amateurs se han lanzado a buscar culpables. Nada mejor que un chivo expiatorio para acallar nuestras conciencias. Y si ese chivo expiatorio lleva toga y puñetas, mejor que mejor.
Hay a quienes les da igual lo que se explique o se deje de explicar por quienes estamos cada día a pie de obra. Nos cuelgan el sambenito del corporativismo y sanseacabó. Pero las cosas no son tan sencillas. Ojalá lo fuera, porque si conociéramos la causa estaríamos mucho más cerca de conocer la solución, aunque eso implicara llevarse alguna toga por delante. Pero eso no es así, y hay que decirlo. Me tachen de lo que me tachen.
A modo de ejemplo de ese linchamiento mediático, contaré algo que me pasó con una usuaria de Twitter -hoy X-, socióloga según su perfil, empeñada en darme lecciones sobre la actuación judicial en casos de violencia de género. Y estoy segura de que sabrá mucho de sociología, pero de juzgados y leyes, ni idea. Y la diferencia entre ella y yo es que reconozco no saber nada de sociología, pero ella está segura de que sabía más de actuaciones judiciales que yo y todas mis compañeras y compañeros. Faltaría más.
Pero volvamos al lío. En los juzgados de violencia de género, donde hemos de decidir de inmediato o en unas pocas horas, si se adopta una medida de protección es fundamental que valoremos cuál es el riesgo para esa víctima, puesto que las órdenes de protección -con su medida de alejamiento y prohibición de comunicación- exigen como requisito que exista tal riesgo. Y es lógico, porque son medidas cautelares , no penas.
Y aquí es donde empiezan las confusiones. Ese riesgo lo valoran fiscal y órgano judicial porque son quienes, respectivamente, solicitan y adoptan la medida. Para hacer esa valoración que les lleva a esa decisión se pueden valer de la valoración previa que hace la policía, y también de la que hace la unidad de valoración integral, con el médico forense a la cabeza. Ambas son instrumentos de los que nos valemos para tomar la mejor decisión, pero no constituyen el oráculo de Delfos ni una verdad universal que haya que seguir a pies juntillas. La orden se adopta -o no- tras haber escuchado a víctima y autor, a testigos, si los hay, y haber analizado el resto de indicios. Por tanto, esa valoración policial y, en su caso, la forense, son un elemento más a tener en cuenta.
Conviene explicar que la valoración policial se hace a partir de un cuestionario al que responde la víctima. Por tanto, depende mucho de la percepción que ella misma tenga de su situación y de si dice la verdad o si calla cosas. Solo así se comprende que podamos encontrarnos situaciones de riesgo extremo que una vez hechas las averiguaciones no resulte ser tan grave y l contrario. Y no nos podemos llevar las manos a la cabeza por ello.
La valoración forense tiene en cuenta otros factores, y también tiene en cuenta al agresor. Por ello supone un instrumento complementario idóneo, aunque no siempre puede hacerse. Cosas de nuestra justicia y nuestros medios.
Pero que nadie se lleve a engaño, Los juzgados no son órganos preventivos. Valoramos el riesgo y adoptamos medidas cuando hay indicios de haberse cometido un delito. Sin delito, por más riesgo que pueda haber, no podemos hacer nada, escapa de nuestra competencia. Serán otro tipo de medidas y de órganos los que actúen. Lo contaré con un ejemplo: si una mujer viene a un juzgado argumentando que está muerta de miedo porque su marido tiene varias armas, es muy violento y está fuera de sí sin para de gritar y romper cosas, la situación es claramente de riesgo, pero, al no existir un delito, no se puede adoptar un alejamiento. Cuestión distinta es que se llame a la policía, a los servicios sociales o a asistencia médica, pero judicialmente escapa de nuestra competencia.
Otra cuestión es que, una vez juzgado el asunto, estas medidas se soliciten, y, en su caso, se impongan como pena. Si en ese juicio se confirman los indicios y hay una condena, se cambia la medida cautelar por la pena, y continua el alejamiento ahora en ese concepto y hasta la duración de la pena. No puede ser eterno. Si, por el contrario, no hay prueba y se absuelve, la protección termina. Y es que en la sentencia ya no se miden riesgos, sino que se imponen penas, las previstas en la ley para el delito cometido. Ni más ni menos.
Por todas estas razones es por las que digo que en los Juzgados gestionamos el fracaso, porque actuamos cuando la prevención y la educación ha fallado. Ojalá no lo hubieran hecho. Ponemos vendas, pero no evitamos que haya herida. Así funciona el estado de Derecho, que asigna los juzgados y tribunales la función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado.
Y con esto cierro el telón por hoy. Espero haberme explicado y que esto no parezca una excusa. Si lo he logrado, os pido el aplauso. Si no, me triais tomates. Pero no muy fuerte. Por si acaso
A mi me ha quedado perfectamente claro, así que sin duda un aplauso…☺️
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Gracias!!
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