Literatura: libros y Derecho


          Los libros son parte de nuestra vida. No solo muchos de ellos, han acabado siendo películas o series, sino que en algunos casos son el propio leit motiv de algunas de ellas. Por poner algún ejemplo, citaré Fahrenheit 451, La ladrona de libros, La lectora o La librería. Y, por supuesto, un título que adoro La sociedad literaria del pastel de piel de patata de  Guernsey, que reúne ambas características: habla de libros y se basa en un libro, como algunos otros entre los citados.

En nuestro teatro, los libros son una constante. En su vertiente física, o en la digital, nadie puede ejercer como jurista sin haberse dejado los ojos en los textos y sin seguir dejándoselos, porque pocas materias son tan cambiantes como las leyes.

Pero hoy no pretendía hablar de esos libros jurídicos, sino de otros, los de ficción, esos que conoce todo –o casi todo- el mundo y cuyos títulos bien podrían formar parte de lo que ocurre en Toguilandia. Que conste que no son necesariamente libros sobre juicios. Y que, por descontado, no están todos los que son, pero sí son todos los que están.

Entre los títulos más relacionados con nuestro teatro está, desde luego, el de Crimen y castigo, que define al Derecho Penal en solo 3 palabras. El mismo autor, Dostoievsky, también tiene otro título que encaja a la perfección en otra figura jurídica, en este caso, la atenuante analógica por ludopatía, El jugador. Y es que no hemos inventado nada. Nada, como escribía Carmen Laforet.

Los delitos de odio y discriminación también tienen cabida en títulos literarios. Bastante de eso sufren los protagonistas del Romancero gitano, por antigitanismo, o de Los santos inocentes, por aporofobia. Y es que no hace falta meterse en La boca del lobo para encontrar estas cosas, por más que haya quien piense que hacen Mucho ruido y pocas nueces.

Además, ante determinados delitos hay que tener una buena dosis de Sentido y sensibilidad, y dejar atrás todo sesgo de Orgullo y prejuicio. Porque por más que aparezca Un tipo encantador, no es oro todo lo que reluce. Por eso hay que mirar bien lo que se ve y lo que no se ve, De todo lo visible y lo invisible.

Por supuesto, no hay que perder de vista el Derecho comparado a la hora de tomar decisiones. No es lo mismo que aparezca El caballero de Moscú que La chica danesa, un Poeta en Nueva York que en el mismísimo Londres. O que venga una extranjera a España a hacer La tesis de Nancy.

¿Y qué decir de esos casos en que la propia novela acaba dando nombre más popular a alguna figura penal? Algo que, de vez en cuando, pasa, como con la llamada cláusula de Romeo y Julieta o el síndrome de Lolita.

También es importante el tiempo. Hay veces que, tras varias suspensiones de un mismo asunto, una anda En busca del tiempo perdido, si no es que se resigna a dejarlo pasar, y conformarse con Lo que el viento se llevó. A veces, desde que se cometió el hecho hasta que se juzga, es tal La metamorfosis que ha sufrido el autor que es difícil reconocerlo.

¿Y que decir del domicilio, que agrava algunos delitos y configura otros? Y no hace falta que se viva en El palacio de la luna, en El castillo de Windsor, en la mansión de Rebeca o en la Casa de muñecas. Se puede vivir en La barraca, Entre naranjos y Cañas y barro para que el Derecho actúe. Incluso si se vive en Marte, sea Verde, Azul o Rojo.

No obstante, no hay que salir de El camino, que el Derecho es lo que tiene., Hay que aplicar los códigos legales, y no otros como El Código da Vinci o El Código de la vida, y quien lo hace ha de ser El juez –o la jueza, claro está- y comportarse como El hombre tranquilo por más que a veces den ganas de darse a La fuga. Os lo aseguro

Y hasta aquí, esta pequeña tontería sobre novelas y Derecho. Sé que faltan muchas, especialmente todas las que se dedican a detectives que descubren crímenes, como Mis Marple, Hércules Poirot, Pepe Carvalho, Montalbano o Petra Regalado, entre otros muchos. Pero ya tendrán su propio estreno. Mientras tanto, demos un aplauso a quienes escriben libros y, como no, a quienes los leen. Porque, como dijo alguien, quien no lee vive una vida, pero quien lee vive muchas.

No me iré sin aprovechas para invitaros a un paseo por mis criaturas . Ellas también esperan lectores y lectoras. Y en nada, crecerán

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