
Se supone que lo que diferencia a las personas de los animales es, fundamentalmente, nuestra inteligencia. La inteligencia es propia del género humano, aunque, a veces, parece que hay humanos que no la usan demasiado. Y un mal uso puede acabar con esa diferencia con los animales, y, si no, recordemos lo que ocurría en El planeta de los simios. Aunque, si hablamos de inteligencia, hay muchas películas que se dedican tanto a la de toda la vida, como Una mente maravillosa, como a la nueva -o no tanto- Inteligencia artificial.
En nuestro teatro, la inteligencia es, o debería ser, uno de los ingredientes fundamentales de nuestro día a día. Desde el estudio de la carrera hasta el de las distintas oposiciones, necesitamos un cerebro bien dotado y bien amueblado para salir adelante, por más que todavía siga valorándose más la capacidad memorística sobre la de razonar. De ahí que no siempre quienes sacan mejores notas sean mejores profesionales. Y es que el modo de realizar los exámenes siempre es un melón complicado de abrir. Pero no es el melón al que vamos a hincar el diente en este estreno.
Pero, más allá del modo de estudiar la carrera o del programa de las oposiciones, es bien cierto que la manera de enfocar el Derecho ha cambiado con el progreso de la tecnología. Y aún debería cambiar más.
Atrás quedaron los tiempos en que había que buscar la jurisprudencia ojeando una a una las páginas de tomos encuadernados en papel de biblia. Ahora basta un golpe de tecla para encontrar tropemil resoluciones que se aplicaron en supuestos parecidos. El copia y pega campa por sus fueros y, a veces, convierte dictámenes y resoluciones en textos larguísimos de los que cabría preguntarse qué parte es la importante y cuál sería casi prescindible. Porque hay algunas en las que, si aplicamos la técnica del bisturí toguitaconado, nos encontramos con que solo una pequeña parte se refiere al caso concreto y el resto hace referencia a cuestiones genéricas que son prácticamente aplicables a cualquier caso.
No obstante, conviene hacer una precisión. Como hemos dicho en otros estrenos, nuestra cultura audiovisual en lo que a tema jurídico se refiere bebe demasiado de fuentes anglosajonas, y todavía hay quien cree que en nuestro quehacer diario hacemos como en esas películas donde citan un precedente tras otro, alegando una ristra de casos en que se revolvió de la manera que quien las alega pretende que se haga. Pues bien, en nuestro Derecho, cuyos principios son totalmente diferentes al caso anglosajón, el precedente no es lo esencial ni se cita por el nombre de los contendientes, sino que nos basamos en la ley por más que podamos apoyarnos en citas de jurisprudencia, que se alegan con fecha y tribunal y no con el nombre de las partes -salvo que nos refiramos a r4esoluciones de ámbito europeo o internacional-. Además, y esto es quizás lo más importante, los tribunales tienen la obligación de conocer la ley y jurisprudencia en virtud dl principio iura novit curia, lo cual significa que se puede y debe aplicar independientemente que lo aleguen las partes.
Por eso, al margen de los precedentes que existan ahí es donde entra la inteligencia y, por tanto, la capacidad de razonar. No basta con buscar una o mil sentencias, sino que hay que argumentar la similitud de un caso con otro para aplicar una u otra doctrina. Y hay más, hay que tener la capacidad suficiente para la aplicación del Derecho porque la jurisprudencia puede cambiar si cambian las circunstancias. Y esa es una labor de la inteligencia y la capacidad de raciocinio.
La pregunta que surge hoy en día, cada ve con más fuerza, es qué papel está llamada a jugar la inteligencia artificial en nuestras resoluciones y dictámenes. Y, yendo más allá, si pudiera acabar sustituyéndose un órgano judicial por una máquina. Una cuestión que se abordó en la película Justicia artificial y que daba mucho que pensar. Aunque el veredicto siempre debería ser que el factor humano es necesario.
Entre otras cosas, la inteligencia humana no es solo la capacidad de memorizar y aplicar lo memorizado a un caso concreto, incluye otras vertientes como la de la inteligencia emocional que difícilmente pueda suplir una máquina. Por fortuna.
En cualquier caso, el mayor peligro de la inteligencia artificial está en el lado opuesto de las salas de vistas, en las del delincuente. Es una herramienta que, bien usada puede reportar enormes beneficios, pero, mal utilizada, puede generar resultados muy peligrosos. Ya estamos viendo consecuencias altamente preocupantes y temo que cada día las veremos más. Hemos de estar alerta y formarnos y prepararnos, aunque no sea nada fácil. El tiempo lo dirá.
Y, llegada a este punto, y sin necesidad de inteligencia artificial, tiro del cordón que baja el imaginario telón de nuestro escenario y acabo el estreno de hoy que, como cualquier buen estreno, debe acabar con un aplauso. El que hoy dedicamos a quienes no temen combinar la int4eligencia natural con la artificial. Que es lo que, a la larga, habrá que acabar haciendo si no queremos quedarnos atrás.