Motivación: entre la ilusión y el formalismo


              Según el diccionario, motivar equivale a “dar causa o motivo para algo”. Esto es, vale tanto para “causar” como para “explicar”. Y en el cine encontramos títulos como La causa o Justa causa, cuando hablo de lo primero, o bien películas sobre superación como El indomable Will Hunting, Una mente maravillosa, Forrest Gump o El lado bueno de las cosas, entre otras muchas. Y en la vida, por descontado, encontramos de amabas para dar y tomar.

              En nuestro teatro, como en la vida, tenemos las dos caras de la moneda. Incluso más que en cualquier otro ámbito. Así, podemos hablar de la motivación de las resoluciones judiciales y cualquier otro dictamen, por un lado, y de la motivación como impulso personal para hacer las cosas, porque quienes habitamos Toguilandia somos humanos. Aunque a veces haya quien crea que carecemos de humanidad, que es otra cosa.

              En cuanto a la motivación de las resoluciones, es una exigencia de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que dice que las resoluciones judiciales serán siempre motivadas, so pena de nulidad, salvo que se trate de resoluciones de mera tramitación. Y es que, superada la época de los farragosos gerundios “considerando” y “resultando” que convertían los autos y sentencias en un galimatías, ahora se trata de que sean entendibles y que, además, den respuesta a lo que se pide. Lo cual parece lógico, porque sino deja indefenso y son posibilidad de argumentar un recurso al justiciable.

              No podemos olvidar, como hemos dicho en tantos estrenos, que la justicia emana del pueblo y se administra en nombre de él, y difícilmente pueda emanar de alguien un texto que no entienda. Así que nos tenemos que esforzar para expresarnos en términos entendibles y no refocilarnos en citas y brocardos que nadie comprenda. Llegada a este punto, siempre me acuerdo de aquella señora que decía que su abogado era fantástico porque hablaba muy bien, aunque ella no hubiera entendido nada. Y lo que en realidad no había entendido la pobre mujer es que eso no era exactamente ser un buen abogado, porque quien primero tenía que comprenderle era su propia clienta.

              No obstante, confieso que a mi me gusta mucho más la otra acepción de motivación. Y que, aunque no lo parezca, me parece mucho más difícil de conseguir. Tiene mucho que ver con la ilusión , a la que ya dedicamos un exitoso estreno, pero va más allá. Sería como la ilusión que te empuja a seguir con lo que estás haciéndolo y a hacerlo dando todo de una misma. Casi nada.

              La motivación, cuando alguien está estudiando la carrera y, sobre todo, las oposiciones, es evidente. La perspectiva se centra toda en el día en que se consigue aprobar, que se convierte durante una temporada en el casi exclusivo objetivo de nuestras vidas. Tanto es así que, en el momento de aprobar, hay quine experimenta cierta sensación de vacío, una especia de “Lo he conseguido, ¿Y ahora qué?” que, afortunadamente, se pasa en cuanto aparece la realidad a darnos su primera bofetada.

              Pero ¿Qué es lo que nos motiva y como conseguir que continúe haciéndolo muchos años después? Pues, desde luego, si la primera pregunta no es fácil, la segunda es dificilísima. Pero trataremos de dar alguna respuesta. No todas, que no las tengo, aunque ojalá las tuviera.

              Podríamos decir con carácter general que, en unas profesiones vocacionales como son las profesiones jurídicas, nuestra obvia motivación es la consecución de justicia. Algo que pude parecer una simpleza como la copa de un pino, pero que en realidad no lo es tanto. Valdría volver a la definición de Ulpiano que estudiábamos en la facultad, según la cual Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada cual lo que le corresponde”. Así, cada vez que nuestro trabajo termina en una resolución satisfactoria para las partes, la motivación de activa.

              Pero con eso no basta. En ocasiones, la rutina y las exigencias del trabajo nos hacen perder de vista lo verdaderamente importante, el justiciable. Por eso, la verdadera motivación para seguir viene cada vez que una víctima te da las gracias, cada vez que sientes que la ley ha castigado de manera justa al culpable, cada vez que sientes la satisfacción del deber cumplido, más allá de haber cubierto el expediente.

              Para esto hay que aprender de la gente joven. Contagiarse de su ilusión y ayudarles en lo que se pueda, porque hubo una vez en que también estuvimos allí. Y todo eso, aunque las reformas, la carencia de medios y todas esas cosas nos lo pongan difícil.

              La verdadera motivación es levantarse cada mañana pensando que podemos seguir haciendo justicia. Ni un solo día de mi vida me he arrepentido de elegir este camino. Y por eso el aplauso hoy es para quienes siguen pensando que cada día pueden aprender algo y hacen lo posible por conseguirlo. Más allá de todos los obstáculos

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