
El tren es un medio de transporte que siempre resulta atractivo, en ocasiones hasta romántico. El cine y la literatura se han hecho eco de ello en numerosas obras, como Extraños en un tren o Asesinato en el Orient Express, sin olvidar aquellos trenes de la muerte del nazismo que tan bien plasmaron películas como La lista de Schindler. Pero, a veces, los trenes traen consigo grandes tragedias. Y hoy hay que hablar de ello. Por desgracia.
En nuestro teatro, como en cualquier otro ámbito, conocemos bien un medio de trasporte tan antiguo y popular como el tren. Además de emplearlo como vehículo para trasladarnos de un lugar a otro, sea por trabajo o por ocio, la Justicia ya ha tenido varios casos de catástrofes ferroviarias de las que ocuparse. Ojalá no fuera así.
Ya en su día dedicamos un estreno a las grandes catástrofes. Entre ellas ocupaba un lugar destacado la tragedia del Alvia en Galicia en julio de 2013 que se saldó con un espantoso balance de 80 muertos.
Y, aunque no se trate de un tren propiamente dicho, tampoco olvidamos el espantoso accidente del metro de Valencia de julio de 2006, que causó 43 fallecimientos y que pronto cumplirá su vigésimo aniversario. En uno y otro caso el procedimiento judicial fue largo y penoso, hasta el punto de que en el caso del metro no hubo una condena hasta el año 2020.
No obstante, no son los únicos accidentes de tren, aunque sí sean los más graves y más conocidos hasta la tragedia que acabamos de vivir hace unos días. Si tiramos de hemeroteca -o, más bien, de Wikipedioteca, de San Google o de la recién incorporada IA, encontramos centenares de casos de accidentes, aunque ninguno de esa gravedad, por suerte. ¡Solo en la década de los 20 de este siglo XX! Constan veinte accidentes ferroviarios, aunque, como he dicho, ninguno de este calibre. Porque, a pesar de todo, el transporte ferroviario es de los más seguros. No hay más que compararlo con la cifra de accidentes de coche para comprobarlo.
Pero hoy hay que hablar de la tragedia de Adamuz. Exactamente, del accidente ferroviario de 18 de enero de 2026 en que, el descarrilamiento de un tren de alta velocidad y de un Alvia, con e que chocó ha causado al menos 43 muertos. Y digo “al menos” porque todavía no se ha cerrado la cifra definitiva de personas fallecidas.
Todavía queda un larguísimo camino para aclarar las causas y juzgar, de haberlos, a los culpables. Un procedimiento judicial que, por su complejidad, se hará largo y complicado. Pero eso ya llegará. De momento estamos en los primeros momentos, en que la actuación de los equipos de emergencias, de los médicos forenses cuya labor es esencial, y la de los juzgados que realicen la investigación es lo primero y lo más urgente.
Aunque eso es en el terreno judicial. De momento, lo realmente importante es la vertiente humana, la de la solidaridad con las víctimas y los familiares, la del acompañamiento. Un hecho en el que nunca debería mezclarse la política, aunque siempre acabe haciéndolo.
La casualidad, el destino, o lo que sea, ha querido que apenas dos días más tarde otro tren, en este caso de la red de cercanías catalana, hay sufrido un accidente en el que ha muerto una persona. Un hecho que ha dado una sensación de llover sobre mojado de la que todavía no conocemos las consecuencias. Además, por supuesto, de los inconvenientes por la alteración o suspensión de las rutas ferroviarias, en uno y otro caso.
No obstante, y más allá de Toguilandia, me quedo con la vertiente humana de esta tragedia. La de esa niña que, en pocos segundos, ha perdido a toda su familia, la de quienes iban a ver un partido de fútbol o a la representación de un musical con toda la ilusión del mundo, la de quienes aun esperan la identificación de sus familiares entre los desparecidos y, cómo no, la de quienes esperan un milagro, por imposible que resulte. Esto es lo verdaderamente importante en este momento.
Por todo eso, y por mucho más, en nuestro teatro no podíamos dejar de acordarnos de las víctimas y hacer nuestro pequeño homenaje. Para ellas es el aplauso de hoy, compartido con quienes, de uno y otro modo, han contribuido a las labores de salvamento. Gracias por estar ahí.