
ULTRAMARINOS
Cuando pasé por aquel escaparate, tal lejos de lo que un día fue mi hogar, un alud de recuerdos desfiló por mi memoria. Solo era un tarro de cristal antiguo, con su tapa de latón, pero para mí era mucho más.
Mi madre solía ir al ultramarinos de enfrente de casa a comprarlo todo. Mi madre y todo el barrio, porque entonces era donde se compraba en barrios como el mío. Y en cuanto cumplí la edad suficiente para poder cruzar la calle sola, me convertí oficialmente en la encargada de la compra en casa. Aunque tampoco en esto era original. Todos los niños del barrio tenían asignada esa tarea, cuando no otras muchas.
En lo que sí que era especial era en el favor del dueño del ultramarinos y de su mujer. Celestino y Pilar me adoraban y tan pronto me regalaban un caramelo como una galleta, algo absolutamente inaudito en un tendero que era conocido por su devoción a la Virgen del puño apretado.
Yo pasaba las horas en el ultramarinos, viendo como despachaban, como pesaban las legumbres que sacaban con una cuchara de aquellos tarros de cristal que me volvían loca. Anhelaba tener uno para jugar con ellos en mi cocinita de juguete, pero Celestino no me dejaba ni acercarme. Por nada del mundo me hubiera dado uno; ni siquiera me lo hubiera dejado un rato.
Así que un día no pude evitarlo. Pilar era quien estaba a cargo de la tienda ese día y me dejó encargada por un momento mientras iba al cuarto de baño. No pude resistir la tentación y me hice con el bote, con sus lentejas y todo, que escondí como pude en la bolsa de la compra. Me lo llevé a toda prisa a casa en cuanto volvió Pilar, pretextando un malestar inoportuno.
Juro que yo solo quería jugar un rato con mi adorado tarro. Pensaba devolverlo al día siguiente sin que nadie se enterara, pero las circunstancias me sobrepasaron. Mientras sacaba todas aquellas lentejas del tarro, tropecé, con tan mala suerte que se rompió un pedazo de la boca del recipiente, justo donde tenía un dibujo en espiral que servía de rosca para cerrar el tarro. Traté de arreglarlo con el pegamento que usábamos en la escuela, pero fue peor. Y ahí se quedó una muesca con forma de uve doble que malbarataba el cierre hermético y hacía imposible que lo devolviera. De modo que no me quedó otro remedio que esconder el tarro y mis remordimientos.
Por si fuera poco, cada vez que iba al ultramarinos, un hueco donde debería estar mi tarro espoleaba mi culpabilidad hasta dolerme. Celestino juraba y perjuraba que encontraría al ladrón y yo disimulaba lo que podía cuando Pilar me decía que yo era la única chiquilla del barrio por la que pondría la mano en el fuego.
Ayer volví a ver a Celestino y a Pilar en aquel escaparate como si no hubiera pasado el tiempo. Era una tienda de antigüedades y, en una esquina, un tarro de cristal antiguo me miraba desafiante. Tal vez me hubiera pasado desapercibido si no fuera porque no cerraba bien, así que, con el corazón en la boca, entré a preguntar. Al verlo, lo reconocí en el acto. Era mi tarro, con su muesca en forma de uve doble y sus marcas de pegamento a las que se había adherido la suciedad de muchos años.
Supongo que llegaría hasta allí después de desalojar a toda prisa la casa de mi madre cundo murió, aunque nunca se sabe. El dueño me quiso explicar que aquel tarro tenía mucho valor porque había pertenecido a una conocida tienda en otro lugar, una tienda donde compraban ministros y gente importante. Pero yo sabía que ese era mi tarro, el que robé a Celestino traicionando su confianza.
El dueño de la tienda insistió en el valor histórico del tarro y no discutí. Y acabé pagando una cantidad astronómica por mi pecado de antaño. Los remordimientos me costaron muy caros, pero la culpabilidad no tiene precio. O eso fue, al menos, lo que percibí en la sonrisa de Pilar y Celestino cuando, por un momento, volví a ver su imagen después de tanto tiempo.