2026: vamos allá


                La Noche de fin de año es tema común de muchas películas, como Cuando Harry encontró a Sally, EL apartamento, Mientras dormías, Los amigos de Peter o Noche de Fin de año, entre otras muchas. Y es que es una noche para celebrar muchas cosas o, al menos, para dar una patada al año anterior que no nos fue bien y recibir con esperanza al nuevo. Es lo que hay.

                En nuestro teatro, la Nochevieja la celebra cada cual en su casa, salvo quien tenga  la mala fortuna de estar de guardia. Nunca llueve a gusto de todos, ni siquiera en Toguilandia.

                Pero, si hay un clásico de final de año, es hacer balance del año que se marcha. Un año que en lo jurídico nos ha traído muchos cambios y muchos quebraderos de cabeza, con esa ley de eficiencia a la que no le acabamos de coger el tranquillo, por decirlo de algún modo. Si a eso le sumamos los cambios que con la digitalización hemos tenido en algunos lugares, es la tormenta perfecta. A ver si el próximo año nos acoplamos a todos los cambios y descubrimos, por fin, lo que tienen de bueno, que deben tenerlo.

                En Con mi toga y mis tacones también vamos a hacer un repaso de lo que pasó este año no en general, que ya hay muchos programas de televisión que lo hacen, sino a quien hace posible que cada semana haya una o dos funciones. O sea, yo misma.

                Y es que este año ha tenido cosas buenas, per hay algo que ha opacado todo su brillo. Mi madre nos dejaba para siempre, después de más de 100 años dándome ejemplo e inspiración. Y como dice el refrán, nunca las desgracias vienen solas, y la pérdida de otra persona muy querida, en este caso inesperada, tiñó el año de negro.

                Pero no todo ha sido malo, desde luego. Siempre tengo mis bailes, mis escritos y alguna que otra cosa que me ayuda cuando me destoguitacono cada día.

                Y así, el mes de febrero salía a la luz mi última -dentro de nada ya no será la última- criatura, Creía que era feliz, mi estreno con la editorial Sargantana que me ha traído muchas alegrías y que espero que me traerá muchas más, si las cosas no se tuercen. Porque está en el aire una de esas cosas que se supone que no se cuenta por si se gafan, así que emplazo a quine me lea a una futura noticia al respecto.

                Las letras y, en particular, las relacionadas con otra de mis grandes pasiones, las Fallas, también me dieron alegrías. Y así, además de mi contribución a diferentes llibrets falleros, tuve el honor de ser finalista en el concurso de relatos de El turista fallero y también que resultara premiada con uno de mis Aproposits y una obra de microretatre faller.

                Y ya en primavera sucedieron dos de las mejores cosas del año, y de muchos años. Una de ellas fue mi designación como doctora esmorzaris causa, un título que, entre bromas y veras, celebra la aportación a la sociedad de las personas a las que decide destacar, siempre en e entorno de la cultura del almuerzo, de nuestro tradicional esmorzar. Un verdadero honor.

                El otro hito consistió en poder ejercer de mantenedora en la exaltación de las fallas mayores de la que siempre ha sido mi agrupación fallera, la de Ruzafa. De esos momentos que se guardan en la memoria para siempre.

                Como siempre, he participado en varios libros colectivos como Corazones de barro, de editorial Vinatea, dedicado a historias de la Dana, y 101 relatos LGTBI, de la misma editorial, cuya temática resulta obvia con leer el título. También tuvimos estreno con Generación Bibliocafé, con el libro Ángeles sin alas, con fin solidario y dedicado al voluntariado, y con un significado especial porque se lo dedicamos a una de nuestras compañeras, que también nos dejó este año. Y varias cosas más que se vienen en camino.

                Y hasta aquí este pequeño repaso a lo que sucedió este año, que no fue poco. Esperemos que el que viene traiga más y mejor. Y por eso le damos el aplauso desde ya, para animarle. No se nos vaya a empezar nada más empezar a andar.

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