
Uno de los géneros que más éxito ha tenido siempre es el de las grandes catástrofes. Son muchos los ejemplos: naufragios como el de Titanic o La aventura del Poseidón; accidentes aéreos como la serie que empezó con Aeropuerto 78, o La sociedad de la nieve; incendios como el de El coloso en llamas, o El túnel; catástrofes naturales como Lo imposible; fenómenos imprevisibles como Cuando ruge la marabunta; atentados terroristas como Las torres gemelas u 11 M o epidemias como Contagio o Estallido. Y eso son solo algunas de ellas, entre las que se encuentran las de ficción, las basadas en hechos reales y hasta las que navegan entre dos aguas. Que ya dicen con razón que la realidad siempre supera la ficción.
En nuestro teatro las grandes catástrofes siempre tienen su sitio. A veces, se consigue algo, otras, no se consigue nada y, en todos los casos, nunca se logra lo más deseado, que la catástrofe de que se trate ni hubiera pasado. Pero pasan. Vaya sí pasan. Y hoy, con el telón de fondo de España quemándose en incendios forestales por los cuatro costados, me ha parecido un buen momento para recordar algunas de ellas. Así que vamos allá.
Vaya por delante que no pretendo ser exhaustiva ni muchísimo menos. Solo quiero poner algunos ejemplos que por una u otra razón me impactaron en su día y no se han borrado de mi memoria. Seguro que cada cual tiene los suyos, pero en algunos coincidimos, sin duda. Sin duda, y por desgracia.
En primer lugar, y por tratarse de casos de candente actualidad, me referiré a los incendios. En este momento lo que más pronto se nos viene a la cabeza son los incendios forestales que, aunque en la mayor parte de los casos no producen un gran número de víctimas, sí que producen consecuencias tanto a corto como a largo plazo gravísimas. Un gran número de ellos son provocados y, aunque hay que distinguir cuando se hace por dolo directo o por imprudencia -con esa zona intermedia del dolo eventual- los procedimientos suelen ser complejos y de diferentes resultados. Máxime cuando hasta 2015 se juzgaban por el tribunal de jurado.
Pero no todos los incendios son forestales. En Valencia es de triste recuerdo el del edificio de Campanar que tuvo lugar en marzo de 2024, en el que perdieron la vida 10 personas y pudieron ser muchas más. Aun recordamos con los pelos como escarpias las imágenes de esa finca ardiendo en llamas y de rescates propios de película. No obstante, los hechos dieron lugar a un procedimiento penal que, tras varis idas y venidas, ha terminado en archivo. Y es que, como he dicho muchas veces, el Derecho Penal no tiene todas las respuestas.
Aun está por ver si las tiene para un reciente y doloroso caso, también en mi tierra, el de las riadas provocadas por la dana de 29 de octubre de 2024. Una instrucción larga y laboriosa que aún no ha concluido y que, en cualquier casos, aunque no devolverá la vida a las 228 víctimas, sí que puede ayudar a satisfacerlas si sienten que se ha hecho justicia. Pero aun queda. Aunque no podemos olvidar que no es el primer macroproceso causado por los efectos catastróficos del agua, ya que algo parecido vivimos en los 80 con el juicio por el desbordamiento de la presa de Tous
Y sin marcharme de mi Valencia, me referiré a otro de los casos más dolorosos por los que hemos pasado. El del accidente del metro de 3 de julio de 2006, que fue objeto de diferentes avatares judiciales a través de su larguísima instrucción, con archivos y reaperturas y que acabó con sentencia de conformidad en enero de 2020 para varios directivos de Ferrocarriles de la Generalitat Valenciana. De este caso, me quedo con lo que dijo la representante de la asociación de víctimas, que reclamaban justicia, y no venganza.
Ahora ya me saldré del marco de mi comunidad para recordar catástrofes que impactaron a todo el mundo. Una de las que me impresionó en su día, aunque yo aun no había ingresado en Toguilandia ni tenía idea de hacerlo, fue la ocurrida en el camping de Los Alfaques en 1978, en que 215 personas perdieron la vida por causa de una fuga en un camión de propileno por causa de un accidente de tráfico, calificado como el peor. No obstante, los caos de accidentes con múltiples víctimas siempre son especialmente dolorosos y trabajosos en la vía judicial. En ese sentido, recuerdo uno que se juzgaba en mis primeros días toguitaconados: el del accidente Torreblanca en 1992.
Aunque para accidentes de recuerdo doloroso, el del Yak 42 en mayo de 2003 en el que, al dolor por la muerte de lo seres queridos, todos ellos militares de vuelta de misiones en el extranjero. hubo que sumar la capuza realizada en la identificación de cadáveres, un episodio siniestro que es imposible de olvidar. Tampoco podremos olvidar el horroroso accidente del avión de Spanair de 20 de agosto de 2008, en el que murieron 154 personas.
¿y quien no recuerda el terrible accidente del Alvia precisamente el dia grande de Galicia? 79 muertos en 2013 y una sentencia 10 años más tarde de solo 2 años para,el maquinista y un cargo de adif que supieron a muy poco.
No obstante, pocos recuerdos más dolorosos que los que todo el mundo tenemos de los atentados del fatídico 11M de 2004, donde 192 personas eran asesinadas por terroristas fanáticos que, en su mayoría, acabaron inmolándose aunque se juzgó y se condenó a otros en un juicio que tuvo 57 sesiones que acabaron con sentencia de octubre de 2007. También recordamos el horror de los atentados de Las Ramblas y Cambrils de 2017.
No obstante, en este país no podemos hablar de terrorismo sin recordar el horror sembrado por la banda terrorista ETA durante el largo período en que estuvo activa, y si de catástrofes se trata, y aunque hubo varios atentados con múltiples víctimas, el más recordado a estos efectos por todo lo que supuso fue el de Hipercor en Barcelona en 1987, con 21 personas asesinadas y 45 heridas. Los juicios, acabados en condena, se celebraron en 1989 y 2003 en la Audiencia Nacional, el órgano competente para conocer de los casos de terrorismo.
Y con esto cerro este catastrófico telón, aunque espero que el resultado no sea catastrófico. Seguro que cada cual hubiera elegido otros supuesto, pero admito sugerencias. Y aplausos, por supuesto