Y van once: toguitaconeando que es gerundio


             Once es un bonito número. Había una canción infantil que decía que que el 11 eran dos soldados como el 22 son dos patitos. Y es que, cuando en cualquier cosa se supera el décimo aniversario, la cosa ya tiene trazas de seriedad y permanencia. Y, además, el once es un número que ha dado lugar a varios títulos de películas: 11 rebels, 11 minutos, 9/11 u Ocean’s Eleven, por decir algunas.

            En nuestro teatro no íbamos a ser menos. Y con mi toga y mis tacones cumple once años como once soles. Once años de funciones con risas y lágrimas, con cuentos y chistes, con críticas y explicaciones y con humor, mucho humor. Eso que nunca falte, por mal dadas que nos vengan las cartas.

            La verdad es que echo la vista atrás y parece que fue ayer, pero más de una década nos separa de la primera publicación , en esa que comparaba Toguilandia co el mundo del espectáculo, y la llamaba el gran teatro de la justicia. Y, semana a semana, hemos ido conociendo a los personajes que forman parte de nuestro toguitaconado mundo, y hemos ido entrando, sin miedo, en cada una de esas leyes y modificaciones con las que los distintos miembros del poder legislativo nos han ido obsequiando. Y, por desgracia, sean del color que sean, siempre una cosa en común; la administración de justicia a la cola de todas las demás. El sambenito de hermanita pobre no nos lo quitamos ni a tiros.

            En este tiempo esta fiscalita ha crecido al mismo tiempo que el blog. Y he querido hacer partícipes a quienes me obsequian con su atención leyéndome cada semana de todas esas circunstancias que, pasito a pasito, han ido conformando mi vida personal y profesional.

            Así, mientras una función sucedía a otra, esta fiscalita se iba abriendo paso en una especialidad que a día de hoy me apasiona, la de los delitos de odio y contra la discriminación, que se vienen a unirse a mi dedicación a la violencia de género y la igualdad y al gusto que siempre he tenido por la materia de la comunicación en nuestro mundo, que no es cosa sencilla.

            También  he tenido el honor de recibir algunos premios, dos de ellos dedicados al propio blog que bien se lo merece, después de haber recibido varias nominaciones. El de mejor blog en categoría pernal, en 2020, y el de mejor post jurídico, en 2022.

            De otra parte, este escenario ha sido testigo de mi crecimiento como escritora, una faceta de la que el propio blog es parte. En este momento son doce los libros que he publicado en solitario, aunque como primicia diré que hay uno en el horno, un par a punto de salir de mi cabeza, y un proyecto más esperando encontrar tiempo y espacio para ver la luz. Casi nada. ¿Cómo me iba a imaginar yo algo así cuando en 2016 salía a la luz mi Mar de Lija la primera de mis criaturas.

            Tal vez espoleada por esa faceta de escritora, he ido incorporando a este escenario una parte literaria, caracterizada, de un lado, por la sección de microrrelatos, que prometo actualizar en breve, y, por otro, con los distintos cuentos que, de vez en cuando, se convierten en el post del marte i del viernes. Incluso me he atrevido con la poesía, y no una sola vez. La última de ellas, muy reciente, cometí la osadía de intentar unir Derecho, critica, actualidad y humor en verso, dedicando un poema a nuestra última pesadilla, el programa informático Just@. Sin olvidar, por supuesto, la sección del blog que se hace eco de todos mis libros, y que no deja de crecer.

            Y, mientras siga habiendo quienes me leen, seguirá habiendo entregas de mi toga y tacones. Y, aunque es verdad que los blogs han dejado de ser lo más moderno para convivir con muchos otros medios de expresión, sobre todo relacionados con la imagen, ahí seguiremos. En algunos, incluso, colabora cada vez que me dejan, y me divierto mucho haciéndolo. Pero no se trata de rivales, sino de compañeros de viaje, porque en el ciberespacio toguitaconado hay sitio para muchos. Y ahí seguiremos mientras la gente quiera y cuerpo aguante.

            Así que hoy, el aplauso para quienes llevan once años leyéndome. Y para quienes se han incorporado en otro punto del camino. Mil gracias. O mejor dicho, once mil.

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