Tarjetas: de la de cartón a la digital


              Siempre es importante identificarse. Tener una buna tarjeta de visita, real o metafórica, es dar un paso importante para poder seguir adelante en el mundo del espectáculo. O en cualquier otro, por supuesto. Tanto, que Tarjeta de visita es un título de película, aunque también lo es La tarjeta de navidad, por no hablar de las tarjetas de memoria como soporte donde guardar películas.

              En nuestro teatro los distintos tipos de tarjeta ha tenido y tienen mucha importancia, según las épocas. Tarjetas de visita, de crédito, de memoria, tarjetas criptográficas o digitales, tarjetas identificativas, de circulación, o de aparcamiento. Mil posibilidades que tienen Toguilandia para estos rectángulos de cartón o plástico. Así que vayamos por partes.

              En primer lugar, están las tarjetas con las que nos identificamos hacia los demás. Los abogados y abogadas supongo que seguirán gastándolas, aunque atrás quedaron aquellas tan formales con letra inglesa y negro sobre blanco, que ahora llevan fotos, logo y cualquier cosa más. En fiscalía y judicatura en algún momento tuvimos de esas, hasta con escudo, aunque el presupuesto pronto se olvidó de darnos, si es que alguna vez nos llegó. Ahora ya nadie ni se lo plantea, se facilita la dirección de correo electrónico, y a volar. Y i no, siempre habrá un posit donde apuntar un teléfono. Y es que al final, los posit siempre resuelven la papeleta.

              Ahora las tarjetas que gastamos son la criptográfica, o como se llame, para acceder a esos programas informáticos que pretenden mejorar nuestra vida, pero a veces nos sacan de quicio, y las de identificación, para entrar y salir de las dependencias judiciales cuando son necesarias. No deja de se4r curioso que, al menos en la Ciudad de la Justicia donde yo trabajo, la de Valencia, las tarjetas para aparcamientos en el Juzgado de Guardia siguen siendo de cartón como toda la vida. Un anacronismo que no acabo de explicarme.

              No obstante, hay otro tipo de tarjetas que nos provocan muchos quebraderos de cabeza. Y la palma se la llevan, sin duda, las de crédito o débito. Son tarjetas muy útiles para nuestra vida diaria, pero, quizás precisamente por eso, su falsificación es uno de los delitos que con más frecuencia vemos, sobre todo por el procedimiento de clonación u otras maniobras digitales. Aunque he de decir que una de las cosas que más me ha llamado la atención es la capacidad que tienen los ladrones de reproducir un cajero automático para poder capturar las tarjetas y comete sus fechorías. En plena era digital, esa combinación de modus delictivo digital y analógico tiene su mérito.

              También se falsifican otro tipo de tarjetas, como las que habilitan a las personas con discapacidad para aparcar, que ya les vale, o las de circulación de determinados vehículos. Hasta el tacógrafo se manipula, que no se diga. Y esto sí que es un clásico que poco cambia, aunque cambien los tiempos.

                            La cuestión es que, casi sin darnos cuenta, hemos evolucionado en esto de la misma manera que lo hemos hecho de la máquina describir al ordenador, y este viaje sí que no tiene vuelta atrás. Aunque a veces, cuando el ordenador no reconoce nuestra tarjeta, o nos dice que la contraseña ha caducado, o cualquiera otra cosa, den ganas de volver al Pleistoceno.

              Pero es lo que hay. Y lo que hoy venía a contar, aunque no me olvido, por supuesto, del aplauso. Y hoy va dedicado a todas esas personas que hemos vivido todos estos cambios y sobrevivimos a ellos. Que, a veces, es una verdadera heroicidad.

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