
Que no podemos vivir sin electricidad es un hecho. Aunque es un invento relativamente reciente en la historia de la humanidad, ahora resulta imprescindible. Desde que nuestros antepasados fueran En busca del fuego, siempre hemos ido en busca de Un rayo de luz, aunque sea una Luz que agoniza. Y El gran apagón es algo bien temido, de lo cual da, como no, buena muestra el cine.
En nuestro teatro, sobre todo en los últimos tiempos, una eventual falta de corriente eléctrica es sinónimo de desastre. Cualquier corte de los sistemas informáticos, que hoy se han tornado imprescindibles en nuestro día a día, nos lleva a quedar bloqueados. Parece mentira que no hace tanto tiempo nos apañáramos con las máquinas de escribir y el papel de calco, cuando no, directamente, de la escritura a mano.
Pero resulta que lo que solo era una eventualidad, pasó. Y nos encontramos, de repente, con que un gran apagón dejó a oscuras a toda la Península Ibérica por varias horas. Y no solo a oscuras, claro esta, sino faltas de cualquier atisbo de uso de aparatos eléctricos, que, hoy en día, son todos. Y, para acabarlo de arreglar, los sistemas de telefonía se unieron al caos y decidieron hacer huelga de cables caídos.
La cosa es peor de lo que una a priori imagina. Nos hemos vueltos tan dependientes del móvil, el whatsap, la mensajería de cualquier tipo, el correo electrónico y los sistemas informáticos varios que sin ellos no sabemos hacer nada. O no podemos.
Porque, aunque lo primero que se le viene una a la cabeza es pensar que, al no poder traer detenidos a la guardia, ni despachar informes, ni nada de nada, lo mejor sería quedarse en casita, nada de eso. Y es que, mira por dónde, no hay manera de avisar si pasa algo como el advenimiento de la amenaza zombi, la invasión marciana o cualquier otra minucia semejante que, vista la racha que llevamos, no sería de extrañar. Como dice la ilustración de la siempre tan acertada madebycarol, ya está bien de vivir acontecimientos históricos, que con lo que hemos vivido en pocos años tenemos de sobra para contar a la siguiente generación. Una pandemia, el temporal Filomena, la catastrófica Dana, la erupción del volcán de La Palma, un par de guerras a las puertas de nuestro mundo, y, ahora, un apagón general, y seguro que me olvido de algo. Que no damos abasto, vaya.
Volviendo a la electricidad y su incidencia en Toguilandia, me decían los jueces y fiscales de guardia que no podían tomar otra determinación que venir al juzgado, porque era de la única manera que se podían enterar si pasaba cualquiera de esas cosas que podían pasar o, simplemente, un habeas corpus o un levantamiento de cadáver.
Y eso, por supuesto, contando con que pudieran acceder, porque los obstáculos no son pocos. Para quienes necesitan del transporte público, nada de metro o tren, y pobres de quienes ya los hubieran cogido. Si se viene en coche, solo en el caso de que el depósito no pidiera gasolina, porque las gasolineras tampoco funcionaban. Y un taxi podría no ser posible por falta de efectivo, porque las tarjetas de crédito no funcionan y los cajeros tampoco. Y, si se tiene algún problema de movilidad, imposible bajar o subir en ascensor. Así que pintan bastos.
Al final, la cosa se solucionó en unas cuantas horas que, en cualquier caso, nos sirvieron para darnos cuenta de lo vulnerables que somos. Además, por supuesto, de para que los bazares hicieran el agosto vendiendo pilas y linternas, o transistores de toda la vida, que ya se sabe que a rio revuelto, ganancia de pescadores.
Así que la pesadilla ha pasado, pero sus efectos siguen ahí, incluido el estrictamente procesal de la suspensión de plazos, como no podía ser de otra manera. Entre unas cosas y otras, eso, que parece excepcional, se está convirtiendo en algo relativamente frecuente. Esperemos que no se repita, por si las moscas.
Y con estas reflexiones acabo hoy, no sin antes dar mi aplauso a quienes, pese a todo, no perdieron la calma y se comportaron con civismo ejemplar. Que, afortunadamente, fueron mayoría.