
La publicidad forma parte de nuestra vida. Hay publicidad en a televisión, en el cine, en las marquesinas, en las paradas de autobús y en cualquier sitio. De publicidad y sus cosas tratan películas de hace tanto tiempo como Pijama para dos o más recientes como La mejor película jamás vendida, aunque pausas publicitarias puede haberlas en cualquiera. Depende de dónde se emitan.
En nuestro teatro no hay pausas publicitarias, desde luego. Solo faltaba que en mitad de un juicio Su Señoría interrumpiera la vista para dar paso a un espacio publicitario, o que antes o después apareciera la advertencia de que “este juico esta patrocinado por Togas Puñetitas”. Aunque nunca se sabe, que tal vez lo que hoy parece imposible mañana se asume con naturalidad. Si lo hicimos del papel de claco y la Olivetti al ordenador, podemos evolucionar con todo.
La cuestión es que hay algunos anuncios que han quedado en el imaginario colectivo. Algunos de ellos hoy no pasaban ningún filtro. Pensemos, sin ir más lejos en aquel eslogan de los 70 que anunciando un coñac afirmaba que “Soberano es cosa de hombres”, que duró varias campañas y que todo el mundo repetía como si fuera lo más natural del mundo. Y es que lo natural, en aquel entonces, era ser machista sin ningún empacho. Ahora tal vez lo sigamos siendo, pero nunca se admitiría un anuncio que lo proclamara. Estaría -por fortuna- sancionado por la Ley General de publicidad desde la redacción que de la misma hizo la ley integral contra la violencia de género, allá por el 2005.
Por cierto, que esa misma Ley General de Publicidad, en su última redacción hace apenas un par de años, introdujo entre lo que se considera publicidad ilícita la que sea de carácter racista, sexista, homófoba, tránsfoba o que fomente la discriminación por edad, por discapacidad o por razones estéticas.
Ni que decir tiene que el negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao no hubiera podido cantar en nuestra tele actual sin arriesgarse a que le eliminaran de las pantallas por publicidad ilícita por su contenido racista, y tampoco hubiera podido atravesar con su motocicleta nuestras pantallas aquella chica del mono de lúrex que buscaba a Jacques, y que no sé si le habrá encontrado. Aunque si el tal Jacques ha envejecido tan mal como el artículo, mejor que corra en dirección contraria y se vaya bien lejos con su moto.
Estos son solo algunos ejemplos, pero en el pasado no había lavadora, cocina o similares que no se ofreciera como de uso exclusivo de las mujeres, que han seguido siendo, hasta hace poco, las únicas que anunciaban detergentes, como si a los hombres les saliera urticaria solo con acercarse a él. Y, como me decía una amiga, tampoco sé por qué somos casi exclusivamente las mujeres las que tenemos varices, o hemorroides en los anuncios, como si no tuviéramos bastante con sufrir cada mes el período, que ni huele como huelen las nubes, ni es un líquido azul, ni provoca la cara de alegría que tienen las modelos de los spots.
Y, halando de liquiditos azules, siempre me ha invadido una duda en la relación entre publicidad y Derecho. Y es cómo harán esas pruebas ante notario en que dos bebés hacen pis en dos pañales diferentes, para demostrar cuál absorbe mejor. ¿Están los notarios esperando en su notaría a que el bebé tenga ganas de hacer aguas menores? ¿Y si le da por hacer aguas mayores, o no le da la gana de hacer pis? ¿Comprueba personalmente el notario con sus manos si se ha absorbido el pipí? Y, la más importante pregunta ¿tanto tiempo estudiando la oposición de Notarías para eso? Pues hala, Iker Jiménez, aquí tienes temazo de misterio para tu Cuarto Milenio.
Lo bien cierto es que, aunque la publicidad ilícita está proscrita en nuestro ordenamiento, no lo es menos que el procedimiento no es de lo más sencillo. Como muestras de que pueden lograrse cosas, hay condenas por publicidad sexistas en casos como el del calendario de una compañía aérea que utilizaba los cuerpos de sus azafatas para anunciar sus vuelos, o de una cementera que pensó que lo más adecuado para vender cemento es estampar la imagen de una mujer de muchas tetas y poca ropa en los sacos que contienen el producto.
No obstante, no echemos las campanas al vuelo. No hay más que poner la tele y ver los anuncios de juguetes, de perfumes, de detergentes o de productos navideños para percatarnos que si la aplicación de una sanción legal fuera tan automática como debiera, no se salvaban ni la tercera parte. Y eso siendo generosa.
Y ahora cierro el telón. Sin dar espacio a la publicidad y dejando el aplauso en suspenso. Ya lo daremos cuando todo esté en orden y en clave de igualdad. Que ya es hora,