
Y hoy, un relato para reflexionar, y algo más. Que lo disfrutéis y, si es así, podéis dedicarle el aplauso a su protagonista. A él, y a tantos como él que ni siquiera vemos
- -Mamá ¿dónde está?
- ¿Quién, hija?
- Pues ¿quién va a ser? Nuestro pobre
- ¿Cómo que nuestro pobre?
- Pues el nuestro, el que se ponía aquí -mi hija señaló el hueco que había entre el portal de mi casa y el cajero automático- El de la manta de cuadros.
Mi hija consiguió que se me cayera la cara de vergüenza. Con solo seis años, había sido capaz de ver todo lo que yo no había visto, con toda mi experiencia y con todo mi supuesto compromiso por los derechos humanos. Y es que, por más que me esforzara, no conseguía recordar a la persona a la que ella se refería. Ni siquiera me había dado cuenta de que siempre estaba ahí, de que siempre era el mismo. Mi propia hipocresía me saltó a la cara
- No está, mamá. Ayer ya no estaba
- Pues no sé, hija
- ¿Y si le ha pasado algo? -una lágrima le empezó a brillar en el ojo, a punto de caer- Tenemos que enterarnos
- ¿Y cómo vamos a saberlo?
- No lo sé -me sonrió- Pero tú seguro que sí lo sabes. Las mamás lo saben siempre todo. ¿A que sí?
Ahora sí que me había metido en un buen lío. O encontraba a aquel hombre del que no sabía absolutamente nada, o defraudaría a mi hija. Además de demostrarme a mí misma que era una impostora. Tenía que encontrarlo. No me quedaba más remedio.
Empecé preguntando en el bar de enfrente. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. El dueño solo supo decirme que por fin de habían llevado a aquel tipo, que le espantaba a los clientes. Cuando lo llamó “despojo humano” ya no quise seguir escuchando. Por ahí no llegaría a ningún sitio.
No corrí mejor suerte con el resto de vecinos de los comercios de la zona. La mayoría ni siquiera recordaban si el mendigo que pedía en su perta era siempre el mismo o era otro distinto. Y, de repente, cuando ya había perdió la esperanza, la empleada de la panadería se dirigió a mí. Era una chica joven, tan menuda que apenas se la veía, y tan tímida que no había oído nunca su voz
- Señora -me dijo, tras seguirme hasta la puerta de mi casa- Yo sé que le ha pasado a Feliciano
- ¿Feliciano? ¿Quién es Feliciano?
- Pues el hombre al que busca. El que pedía todos los días junto a su portal
- ¿El…de la manta de cuadros?
- El mismo. Precisamente la manta se la regalé yo. La cogí de casa de mis padres, donde no la usaba nadie
Otra vez me sentí como si me hubieran pegado una bofetada en mitad de mi amor propio. Aquella chica, casi una cría que pasaba las horas metida en el obrador, también sabía del hombre de la manta de cuadros. Incluso conocía su nombre.
- Se lo llevaron en una ambulancia. Les llamé yo misma, porque había hecho mucho frío la noche anterior y lo encontré tiritando. Debía de tener mucha fiebre, porque estaba delirando. Lo pusieron en una camilla y se lo llevaron. Pusieron la sirena y todo, imagínese si lo verían mal. No he sabido más de él, aunque me encantaría. Espero que no le haya pasado nada malo
- Y yo, desde luego.
- ¿Usted podría enterarse? -me miró suplicante- Me gustaría tanto saberlo…
De nuevo hacía una promesa que no sabía si podría cumplir. Pero no podía dejar de hacerla. Ya me sentí bastante ml como para mirar hacia otro lado cuando podía hacer algo para redimirme.
Me costó bastante dar con la pista de Feliciano. Pero, al fin, averigüé qué pasó tras la llamada a Emergencias. El pobre hombre fue diagnosticado de hipotermia, lo que conocemos vulgarmente como estar muerto de frío en sentido literal. Porque, según me dijeron en el hospital, todavía estaba allí ingresado, debatiéndose entre la vida y la muerte. Y yo tenía que contarle aquello a mi hija.
Traté de contarle la verdad sin lastimarla demasiado. Le dije que el hombre se había enfriado y estaba enfermo en el hospital, sin dar más explicaciones. También le dije que no podía ir a verlo, porque sabía que sería lo primero que pretendería. Pero, como siempre, mi hija me sorprendió
- Mamá, no deberíamos consentir que a ningún hombre más le pase eso. Hace demasiado frío para estar en la calle. Aunque tuviera esa manta de cuadros de la que nunca se separaba
- Seguramente, no era suficiente
- Claro. Nosotras tenemos calefacción y mantas y aun así tenemos frío a veces. Imagínate qué será dormir en el suelo
No podía imaginármelo, por más que lo intentara. Ese era el problema, que no había sido capaz de ponerme en su piel. Pero no podía seguir así. Algo tenía que haber aprendido de la lección que entre mi hija y la empleada de la panadería m había dado.
Aquella manta de cuadros solo fue la primera. A partir de ese mismo día, mi hija y yo nos dedicamos a recoger todas las mantas del vecindario que estuvieran en buen estado. También recogimos fondos mediante donaciones, y hasta en una rifa. Conseguimos que nos dejaran un bajo para guardar todo lo que nos daban y, poco a poco fue creciendo el número de voluntarios. Les enseñábamos a leer, a tejer, a cocinar o a cualquier cosa que alguien pudiera enseñar. Lo que empezó siendo un reparto de mantas, se convirtió en un centro de ayuda que daba un poco de todo. Mi hija iba todas las tardes, cuando los deberes del colegio se lo permitían y yo hacía otro tanto.
El otro día vino muy excitada a casa
- Mamá, mamá
- ¿Qué pasa?
- Ha vuelto. Está bien y ha vuelto
Ante mis ojos, Feliciano sonreía envuelto en su manta de cuadros. Nunca más olvidaría su nombre