Un cuento de justicia: Quizás mañana


Relato finalista del XI Certamen de Narrativa Breve del Ayuntamiento de Valencia
(Concejalía de Bienestar Social) de 2012, “Mujeres en la vida pública”


QUIZÁS MAÑANA


Era un día cualquiera. Y como cualquier día, María subió al autobús que la llevaría
hasta la Ciudad de la Justicia, pensando que quizás hoy sería el día. Allí, la misma rutina de siempre hasta llegar a la sala 31. María tomó asiento, el mismo de siempre. Ya estaban todos los protagonistas dentro: la jueza, el fiscal, el secretario y, cómo no, el acusado. La función comenzaba…
Los juicios del día comenzaron puntualmente y se desarrollaron con tranquilidad.
Uno se suspendió, dos más acabaron en un acuerdo y el último no duró más de cuarenta minutos. María se iba ya, pensando que hoy tampoco sería el día y que quizás mañana lo sería, cuando el agente judicial la llamó.

  • Señora, espere un momento. Su Señoría quería hablar con usted.
    María sintió cómo le palpitaba el corazón y pensó que, al final, pudiera ser que hoy fuera el
    día.
  • La jueza me ha preguntado por usted. Se ha dado cuenta de que venía todos los días y
    me ha preguntado si yo sabía quien era, y si era periodista. Claro, yo le he dicho que no,
    que era escritora, lo que usted me había explicado. ¿Quiere hablar con ella?
    María dijo que sí con la cabeza y, al mismo tiempo, sintió cómo se le formaba un nudo en
    la garganta.
  • Me han dicho que usted está escribiendo un libro
  • Sí. Ya hacía tiempo que quería hacerlo. Mi padre era juez y siempre me han llamado la
    atención los temas judiciales.
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  • ¡Qué suerte! A mí me hubiera gustado tanto compartir mi pasión con alguien de mi
    familia, pero no tengo antepasados en la profesión… Y el libro, ¿tratará sobre la
    Justicia? ¿Sobre mujeres en la Justicia?
    María tragó saliva. Y es que la historia que quería contar sí que trataba de la Justicia, y de
    las mujeres. Pero la jueza nunca hubiera imaginado la historia que guardaba María dentro del corazón, la historia que probablemente nunca contaría.
    María, efectivamente, era hija de un juez, un hombre recto y conservador que idolatraba a
    María, su única hija. La niña también adoraba a su padre, hasta el punto que desde que era muy pequeña quería ser jueza, para ser como él. Sin embargo, su padre le tuvo que quitar su ilusión. Las mujeres, entonces, no podían ser juezas, y, si la niña insistía, su padre acababa siempre diciendo “hoy no, quizás mañana”. Poco a poco, María lo asumió.
    Cuando María tenía solo diecisiete años, conoció a un chico que parecía maravilloso, a
    pesar de que a su padre no le gustaba nada. Ella, llena de amor, de inmadurez, y de un confuso sentimiento de rebeldía, se entregó a él en cuerpo y alma, y un buen día se dio cuenta de que estaba embarazada. El chico desapareció y María no tuvo más remedio que confesárselo a sus padres y hacer todo lo que ellos dispusieran. Su padre encontró una solución rápida que salvaguardaba su honor y también su moral católica. María se marcharía lo más rápido posible al pueblo de la mujer que la había criado, donde nadie la conocía; tendría la criatura, y después volvería como si hubiera pasado una temporada de estudios en el extranjero. El bebé entonces sería adoptado por una familia que lo quisiera y
    lo criara como hijo propio. Dicho y hecho, María obedeció y todo sucedió tal y conforme había dispuesto su padre. Corrían los años setenta y las mujeres todavía no podían tener puestos de responsabilidad en la Justicia.
    María nunca se casó ni tuvo otros hijos y aunque con frecuencia pensaba en el recién
    nacido que no llegó a conocer, nunca se atrevía a hablar de él. A veces, creía que su madre la entendía sin necesidad de palabras, y esa sensación se confirmó el mismo día que su
    enfermedad que le atenazaba desde tiempo atrás. A la vuelta del entierro, su madre le dijo que había llegado la hora de encontrar a su hija, y María supo entonces que la criatura que alumbró era una niña, una mujer en la actualidad. Ni fue nada fácil, pero su madre disponía de algunos datos y, con mucho esfuerzo, María llegó a conocer el nombre y el lugar de nacimiento de su hija. A partir de ese momento inició una investigación hasta conseguir localizarla.
    Y es que su hija no era otra que la jueza que presidía cada día la sala 31 de la Ciudad de la
    Justicia de Valencia. Ella había cumplido sin saberlo el sueño de su madre, y servía a la Justicia un día tras otro como María había deseado de todo corazón. Y así, la veía cada día, pensando si hoy sería el día, o quizás sería mañana. Antes de irse, María vio cómo fugazmente un relámpago de orgullo cruzaba la expresión tranquila de la jueza. Entonces, le contó que había estado a punto de no poder estudiar la oposición por los graves problemas económicos de su familia, que se resolvieron milagrosamente por un
    premio de un sueldo de 50.000 pesetas ganado en un bote de café. I, de repente, María comprendió las salidas mensuales de la cantidad de 50.000 pesetas de la cuenta de su padre, que había ocultado a su madre por miedo a hacerla sufrir.
    Abrió la boca, pero las palabras se ahogaron en su garganta… Hoy no. Mañana, quizás

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