
Algunas veces podemos llegar a creer que el machismo se fue para siempre. Y más en fechas como estas, recién elegida la que es la primera mujer presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo. Pero no olvidemos que no hace tanto nuestras vidas y lo que de ellas reflejaba nuestro cine tenía títulos como Las que tienen que servir o La lola nos lleva al huerto. Sin olvidar esas películas americanas tan famosas y a la vez tan machistas como Pretty Woman, Grease o, a la cabeza de todas, Siete novias para siete hermanos. Sin perjuicio de su calidad artística, por descontado.
En nuestro teatro está claro que el machismo está proscrito, pero del dicho al hecho hay un buen trecho. En unas carreras donde las mujeres no tuvimos arte ni parte hasta bien entrados los 70, donde hasta 2015 no hubo una Fiscal General del Estado y hasta casi 10 años más tarde no llegó una presidenta del Tribunal Supremo, tampoco podemos presumir de mucho. Que ya se sabe lo que dice el refrán sobre decir de lo que se presume.
Por eso, con la intención de echar un vistazo a los estereotipos que todavía nos traicionan alguna vez, quería estrenar esta función. Y como el movimiento se demuestra andando, haré referencia a algo que ocurre con cierta frecuencia a las abogadas. No me ha pasado solo una vez, ni dos, que he oído a un detenido renegar de la abogada de oficio que le ha tocado en suerte porque es mujer. Sobre todo, en una jurisdicción como la de violencia de género, donde llegué a oír decir a un angelito que a ver si le traían un abogado de verdad, y lo “a esta”. Ni que decir tiene que salí en defensa de la abogada, porque aquello era inaceptable y porque ella y su profesionalidad lo merecían.
Tampoco es infrecuente, por desgracia, que nuestra “clientela” refunfuñe porque se encuentra en un juicio o en un juzgado de guardia con una jueza, una fiscal, una laj y una abogada. Incluso he llegado a ver que un recurso contra alguna resolución se basa en tan peregrino argumento. Argumento, ni que decir tiene, respondido como merece por la Audiencia.
Y es que, con las cosas que dice nuestro refranero, es difícil que de vez en cuando no se oiga alguna barbaridad. En los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, donde el machismo campa por sus fueros, las respuestas de algunos de nuestros investigados recuerdan a esos refranes. De hecho, la conducta punible más frecuente es la que se acopla a un refrán hoy inadmisible: “a la mujer y a la burra, cada día una zurra” Y la raíz de estos problemas, el machismo y los estereotipos que lleva anejos, se reflejan perfectamente en estos otros que dicen cosas tan evidentes como “mujer y sartén e la cocina estén”, “la mujer en casa y con la pata quebrada” o “la mujer y l sardina en la cocina”.
Pero, sin duda, hay otras más sutiles que tal vez hacen más daño porque penetran sin que nos demos cuenta. Así, cosas como decir a alguien “no se comporte como una niña” porque esté llorando, como si eso fuera motivo de desprecio y no de empatía () pueden ser demoledoras a la hora de que una víctima se decida a interponer una denuncia o renuncie a hacerlo. O esas frases tan manidas de “comportarse como un hombre” “tener un par de huevos”, como si los atributos masculinos fueran sinónimo de excelencia por contraposición a los femeninos.
En cualquier caso, habrá que recordar que, en Toguilandia no vale eso de “vestirse por los pies” porque, como todo el mundo sabe, las togas son idénticas y se ponen por las mangas. O por las puñeteras mangas, si lo preferimos.
Así que hoy el aplauso es para la primera mujer presidenta del Consejo del Poder Judicial, y por todas las personas que, a lo largo de los años, han hecho posible que este día llegara. Que ya era hora