
Imaginación al poder. Esa era la consigna del mayo del 68, y no sé si por su influencia o porque el ingenio se estimula cuando la carestía acecha, siempre hay cosas invisibles respecto de las que actuamos como si lo fueran. Y no, no me refiero a fantasmas más o menos visibles como los de El sexto sentido o a las gemelas de El Resplandor sino a otros más tangibles, como el famoso amigo invisibles que muchos niños y niñas tienen, como ocurría en Jojo Rabbit o El club de la lucha
En nuestro teatro, no tenemos presencias invisibles, al menos que yo sepa. Aunque yo la verdad soy muy de pies en tierra y me gustan poco los Expedientes X. Ya tengo bastante con los reales y verdaderos que hay encima de mi mesa y en mi armario pidiéndome a grito que los saque adelante, sobre todo recién llegada de vacaciones.
Pero, si lo pensamos bien, todo el mundo ha simulado alguna vez la existencia de cosas que no están. El más claro ejemplo es el de levantar los dedos pulgar e índice en sentido horizontal -estoy segura de que ahora mismo lo estáis haciendo con vuestra mano- simulando una pistola. Con ese solo gesto, ya se entiende que se está amenazando a alguien, y existen condenas por delitos de amenazas. Otro tanto ocurre con el gesto de pasar el dedo por el cuello como si se tratara de un cuchillo imaginario, otro de los clásicos. Incluso recuerdo un caso en que se condenó por robo con intimidación -eso sí, sin uso de armas- porque para lograr que una señora entregara la cartera a su atracador, le apuntaba en la espalda con un arma que resultó ser su dedo, cosa que la asustadísima señora ignoraba. Una cuestión parecida se ha suscitado alguna vez respecto de la intimidación que era necesaria para considerar que existía un delito de violación y no un mero abuso sexual, antes de la ley del solo sí es sí claro está.
Y, hablando de delitos sexuales, también hay mucha imaginación en esta materia. No hace falta que describa con mucho detalle ese gesto que se hace echando los dos brazos hacia detrás y la pelvis hacia delante que, en determinadas circunstancias puede ser, cuanto menos, un delito de vejación injusta. Y qué decir cuando se estiran los dedos índice y meñique de la mano escondiendo el resto, en que el insulto está servido. Salvo, claro está, que se sea rockero o amante del heavy metal.
A propósito de estos, otro de los objetos imaginarios más usados es la guitarra. ¿Quién no ha emulado alguna vez a algún guitarrista famoso rasgándose la tripa con una mano y sosteniendo el mástil con la otra, mientras se cae a horcajadas al suelo dándolo todo? Pues eso. Si hasta existen concursos de guitarra imaginaria, aunque no sé si los premios serán imaginarios o no.
Y hay más casos, uno de los más frecuentes el del teléfono. Basta con estirar los dedos meñique y pulgar, poniéndose el primero a la altura de la boca, para dar a entender que se habla por teléfono. Y, si bien es difícil comunicar con nadie, también es difícil que nos pongan una multa por usar el móvil conduciendo. Todo tiene sus ventajas.
Si de conducir se trata, también hay gestos evidentes. El de coger un volante imaginario es uno de ellos. Menos conocido es el que hacemos cuando acompañamos a algún conductor novel o poco ducho, que consiste en apretar con nuestros pies u freno imaginario. Pero para poco sirve, la verdad. Y menos aún si el conductor ha llevado a la vida real otro de los gestos imaginarios más frecuentes, que hasta tiene su traducción en palabras, el de empinar el codo. Más le vale haberlo hecho solo en su versión imaginaria, pues de lo contrario, como le pillen la sanción es segura, sea por la vía administrativa o por la judicial.
Ahora bien, si lo que hay pagar es una multa, que no nos engañen. Por más que el hecho de frotarse el dedo pulgar con el corazón y el índice denote dinero, hay que rascarse el bolsillo, y no solo en sentido figurado. Basta con que un policía figure que escribe sobre su mano ara saber lo que nos espera. Y eso sin necesidad que nos lo diga, aunque siempre se pude fingir sordera construyendo una trompetilla imaginaria sobre la oreja, o ceguera poniéndonos los dedos con forma de círculos sobre los ojos
Y hasta aquí, este estreno de hoy que, aunque no sea imaginario, me gustaría que produjera el efecto de quitarse el sombrero. Si no, me dará un sofoco que tendré que remediar dándome aire con mi abanico imaginario. Eso sí, que el aplauso sea de verdad, y esta vez para la imaginación que nos hace ver tantas cosas que no existen. ¿O no?