
Hoy en Con MI toga y Mis Tacones os traigo un relato, con el que quise contar una historia de mujeres de todos los tiempos. No es una historia real, pero perfectamente podría serlo. El aplauso al estreno de hoy lo dejo en suspenso. El público es quien ha de decidir. Ya se sabe que el público siempre tiene razón
GENUFLEXIÓN
-Ya sabes, nos veremos en la Iglesia.
– ¿Y cómo sabré cuándo salir a tu encuentro? Yo iré con ellas, como siempre
-La señal será la genuflexión. Cuando me veas hacerla de cara al sagrario, será el momento de salir. Te esperaré en la puerta de detrás. No me falles
No había vuelto a entrar en una Iglesia desde aquel día. Y me había costado. En cuanto crucé el umbral, el olor a incienso me trajo aquella conversación antigua. Ya no olía a cera quemada. Las velas con bombillitas de encendido automático habían sustituido a los cirios de toda la vida, pero el resto era igual. Y yo, por un momento, volví a ser aquella chiquilla que fui. La chiquilla asustada y emocionada a un tiempo que nunca volvería a ser.
Por aquel entonces, en el pueblo pocas salidas teníamos más allá de ir a misa. Yo iba con mi madre y mis hermanas cada domingo, y nos turnábamos para acompañar a mi madre el resto de los días. Desde que mi padre murió en aquel accidente de tractor, la misa se convirtió en diaria para mi madre, y en obligatoria al menos una vez por semana para todas. Era curioso, aunque en casa nunca habíamos sido religiosos, aquel tractor que volcó tirando al suelo a mi padre, también volcó totalmente nuestras vidas. Especialmente la mía.
Me asfixiaba en aquel ambiente. Y me sentía mal por asfixiarme. Y eso me asfixiaba aun más en un bucle sin fin. Por eso cuando él apareció vi las puertas del cielo abiertas. Ignoraba entonces que las puertas del cielo se confundían demasiado a menudo con las del mismísimo infierno. Y allí fui de cabeza, y en él fui quemándome como las velas que ardían cada día en la iglesia del pueblo.
Era forastero. Procedía de un pueblo cercano, pero en aquel ambiente era como si hubiera llegado de Marte en una nave espacial que, en este caso, era un cochecito astroso que nos parecía el no va más de la modernidad.
Temblando de miedo y excitada como si fuera a cruzar el espacio, acudí a la puerta trasera de la iglesia, después de la genuflexión, el santo y seña. El me esperaba allí, con su cabello engominado y su traje varias tallas grande, que a mí me parecía que le sentaba como un guante. Me lo hubiera parecido aunque llevara puesto un saco de arpillera.
-¡Has venido! Dudaba de que llegaras a hacerlo
No habría faltado por nada del mundo
Me dejé llevar. El amor, el ansia de aventura y aquella asfixia que me atormentaba me habían dado alas. No le pregunté dónde íbamos, ni cuando llegaríamos. Confiaba ciegamente en él.
No sospeché nada ni siquiera cuando empezó a criticar mi vestimenta. Es más, pensé que tenía razón. Aquellas batas cosidas a mano por mi madre y cerradas hasta el cuello eran capaces de espantar la libido del más pintado. Pero él había sabido encontrarme debajo de ellas. Y eso me convertía en la más afortunada de las mujeres. O eso era lo que creí desde el primer momento en que me dirigió la palabra a la salida de misa y ante la cara de infinito reproche de mi madre.
Me dormí en el coche. Tal vez por eso todavía no soy capaz de identificar el apeadero donde nos metimos en un tren. Tampoco pregunté nada. Estaba ilusionada con esa nueva vida que me esperaba, lejos de iglesias, de batas abotonadas hasta el cuello y de la asfixia con la que me levantaba cada día.
Empecé a inquietarme cuando me dejó en aquella habitación con una mujer maquillada como una puerta. Iba vestida -o, mejor dicho, desvestida- con una cantidad de tela tan pequeña que con una bata de las que cosía mi madre hubieran salido veinte piezas. Pero tampoco la tela tenía nada que ver con las que usaba mi madre. Ni con ninguna otra que hubiera visto hasta entonces, salvo en las películas que de vez en cuando traían al cine del pueblo.
En cuanto a él, no tardó en cambiar. Conforme nos alejábamos del pueblo, su amor se desvanecía. Cuando llegamos al destino, ni siquiera le quedaba un ápice de amabilidad. Y, una vez me depositó, como si de un trasto se tratara, en aquel cuartucho, dio paso a la crueldad. Sin tapujos
-No sé a quién le puede ir ese rollo “cateta”, pero tendrás éxito entre un sector de nuestros clientes, esos que no se pueden quitar de la frente la marca de la boina aunque lleven un Rolex en la muñeca. Lo supe en cuanto te vi.
Me quedé perpleja. No daba crédito a lo que oía. ¿Clientes? No tenía ni idea de a qué clase de clientes se refería, ni cuál sería su negocio, pero no me gustaba. Tenía claro que esa música no sonaba bien. Desafinaba más que las beatas que cantaban a voz en grito en la iglesia del pueblo que había dejado atrás
Me dejó sola. Aquella mujer de la ropa minúscula se marchó con él, y solo me dirigió una frase
-Ve acostumbrándote. Esta noche te libras, pero mañana tú también trabajarás.
No quería ni pensar en qué consistiría aquel trabajo, pero estaba segura de que quería salir de allí. Y todavía era tan ingenua como para pensar que era libre para hacerlo. Sin embargo, no tardé en percatarme de que estaba encerrada. La habitación estaba cerrada a cal y canto y, además, había un tipo vigilando en la puerta, enorme y con cara de pocos amigos. No tenía salida. Quise gritar, pero nadie me oía. Quise llorar y no tenía lágrimas.
Estuve durante todo el día siguiente con un nudo en el estómago y otro en el alma, a la espera de saber en que consistía el trabajo del que él me había hablado. Mi compañera de habitación no abrió la boca, ni siquiera para despintarse de la cara ese rictus de amargura del que no podía desprenderse, aunque se le hubiera despintado todo el maquillaje. Aun no lo sabía, pero pronto tendría yo otro idéntico.
Vino a por mí apenas había anochecido. Me trajo un vestido tan mínimo como el de mi compañera. Picaba y olía mal, pero no me atreví a decir nada. Me lo puse sin rechistar, espoleada por un cuchillo enorme con el que él no dejaba de señalarme. Un rato antes me había dejado claro que no dudaría en usarlo si le desobedecía o trataba de huir. Y yo no tenía ninguna duda de que lo haría.
-Has tenido suerte. A este tipo lo que le gusta es que se la chupen
-¿Qué?
-Que se la chupen, paleta. ¿No vas a decirme que nunca has hecho una mamada?
-No -dije tragándome las lágrimas- Nunca
-Pues ya sabes. Te arrodillas, le desabrochas el pantalón, y te pones su polla en boca. Puedes hacer una genuflexión de esas, que la has ensayado mucho en la iglesia.
Aquel día aprendí a llorar para dentro, a tragarme las lágrimas para que nadie las notara. Y, por primera vez en mi vida, quise estar en misa de doce más que ninguna otra cosa del mundo.
No puedo decir que me acostumbrara a esa vida, pero sí que me resigné. Aquella solo fue la primera noche de muchas. Aprendí a hacer muchas otras cosas, con genuflexión o sin ella, y llegué a un punto en que solo rezaba a ese dios que me dejó tirada para que no me hicieran daño. Porque había tipos a los que les gustaba hacer sangre.
Y un día pasó lo que tenía que pasar. Me quedé embarazada, a pesar de que ponía los medios que me obligaban a usar para evitarlo. Pero, como decía mi madre, tanto va el cantarico a la fuente que al final se rompe.
Quisieron que abortara. Yo no sé si quería, pero nadie me pidió opinión y me llevaron a un sitio horrendo, lleno de sangre y de olor nauseabundo. Pero algo pasó, y no pudieron intervenir, así que me quedé con mi tripa y mi angustia. Aun no podía saberlo, pero ese día cambió todo.
Cuando tuve a mi bebé, su cuerpecito diminuto y tibio sobre mi pecho me inyectó la fuerza que nunca había tenido, la fuerza para salir de aquello. Costara lo que costara. Tenía que darle a esa criatura una vida mejor que ese simulacro que yo vivía desde el día que una genuflexión en la iglesia de mi pueblo torciera mi destino.
Lo intenté de diferentes maneras. Me arriesgué, incluso, a usar a alguno de mis clientes como medio para romper mis cadenas, pero aquello solo me supuso una paliza de la que casi no salgo viva. Hasta el día que una redada en el local en busca de droga fue mi tabla de salvación. Nos dijeron que permaneciéramos escondidas y calladas, pero yo me lancé en brazos del policía, le dije todo lo que sabía y le obligué a subir hasta las habitaciones donde una chica extranjera recién llegada se hacía cargo de mi pequeña, un bebé de solo unos meses, para que yo pudiera subir a darle de mamar. Eso me salvó.
Lo siguiente no fue fácil. Viví amenazada durante mucho tiempo, de escondite en escondite, temiendo por mi vida y, sobre todo, por la de la niña, pero dispuesta a darnos a ambas una oportunidad.
Costó, pero lo logramos. Me ayudaron a forjarme una nueva vida, y me proporcionaron trabajos de limpieza y cuidado de personas mayores que daban para seguir tirando. Conseguí que mi hija pudiera estudiar y labrarse un futuro. Y, al final, puedo decir que fuimos felices durante bastante tiempo, aunque confieso que nunca me quité de encima una sensación de asco de mí misma que me asfixiaba como me asfixió en un día muy lejano el olor a incienso y a cera quemada de la iglesia de mi pueblo.
Mi abuela me contó todo esto de tirón, sin que una sola lágrima saliera de sus ojos, pero con la cara más triste que haya visto nunca
-Y esta es la razón por la que nunca hemos tenido más familia. Los lazos de sangre se rompieron el día que, con una genuflexión como santo y seña, dejé mi pueblo. Desde entonces nunca volví a entrar en una iglesia. Hasta hoy. Porque también en eso ella me ha hecho cambiar. Incluso después de muerta.
Mi madre había dejado este mundo después de una corta pero contundente enfermedad que se la llevó en apenas unos meses. Mi abuela, casi centenaria pero con la lucidez de una treintañera, se lamentaba una y otra vez con sus lágrimas lloradas hacia adentro
-Ninguna madre debería sobrevivir a sus hijos
Y tenía razón.
Lo que no le conté nunca es que, a pesar de que traté por todos los medios de contactar con nuestra familia de sangre, nunca la perdonaron a ella y se negaron a tener relación alguna con su hija ni conmigo, su nieta.
Cuando, días después del entierro de mi madre fui al pueblo y entré en su iglesia, me giraron la cara. Por supuesto, después de hacer la genuflexión de cara al sagrario.
Había desobedecido a mi abuela, que me hizo prometer que jamás haría una genuflexión, pero fue la última vez. Nunca más me arrodillé ante nada o ante nadie. Ni siquiera cuando, unos meses después, mi abuela nos dejara para siempre. La lloro a diario, pero nunca me arrodillaré ante su tumba. No me lo perdonaría.