Hoy en nuestro teatro conmemoramos, con el mundo, el día del orgullo. Y no se me ocurría hacerlo de mejor manera que con un pequeño homenaje en forma de relato, inspirado además, en una fotografía que una buena amiga colgó en redes y que me llevaba dando vueltas en la cabeza desde entonces. Por eso se la tomo prestada

El traje de comunión
Cuando ayer recibí la llamada, de repente, lo comprendí todo.
Creía que había olvidado aquella imagen, arrumbada en un rincón de mi memoria para siempre, pero, de pronto, volvió a mostrarse a mis ojos tan nítida como aquel día de hace casi veinticinco años. Pero ahora sí tenía sentido.
Aún no sé muy bien por qué callé, pero ojalá no lo hubiera hecho. Creía que iba a evitar un disgusto, y, sin embargo, lo que hice fue no evitar una tragedia. Una tragedia de la que hoy, muy probablemente, hayamos vivido la escena final.
Estaba dando uno de mis largos paseos por el monte cuando lo vi allí, desafiándome. Era un traje de comunión, de esos de marinerito de toda la vida. Hubiera sido blanco si las circunstancias no le hubieran añadido un poco de mugre y le hubieran robado el apresto, pero todavía conservaba su apresto. Colgaba, con su percha y todo, de una de las rejas que jalonan el camino al cementerio, y hasta tenía la funda de plástico con la que se suelen proteger las prendas más preciadas.
El traje no era diferente a otros muchos, así que en un primer momento no lo reconocí. Pero cuando, un par de días más tarde, mi hermana me alertó de que el traje de comunión de mi sobrino había desparecido del armario donde lo guardaba, até cabos. Tampoco se necesitaba ser Sherlock Holmes, ciertamente, para relacionar mi hallazgo con lo que me contaba mi hermana, pero callé. Pensé que el niño habría hecho alguna gamberrada y quise protegerle. Tampoco a él le dije nada, y me olvidé del asunto hasta ayer mismo.
Fue cuando mi hermana me llamó hecha un mar de lágrimas y de nervios. La vida de mi sobrino pendía de un hilo muy fino. Había ingerido tantas pastillas que, a pesar del lavado de estómago, era muy difícil que sobreviviera.
No quise preguntar a mi hermana por qué, pero ella no quiso ocultármelo. Llevaba tiempo muy mal, según me contó.
-El pobre no se aclaraba. Ya hacía tiempo que nos venía diciendo que la naturaleza le hizo una putada, que su cuerpo no le pertenecía, y que necesitaba asumirlo de una vez, y hacer algo para cambiarlo
-¿Quieres decir que…?
No me atrevía a acabar la frase. Sabía a lo que se refería, y sabía el impacto que para mi hermana y sobre todo para su marido, suponía aquello. Ellos, tan tradicionales, tan conservadores, tan católicos, apostólicos y romanos, nunca admitirían que su hijo fuera homosexual. Y mucho menos que quisiera cambiar de sexo, o de cuerpo.
Mi hermana lloraba a mares, pero no dejaba de hablar
-Todo empezó con la dichosa comunión. El me dijo que quería llevar un traje como el de tu hija Elisa. Quería ser una princesa y no un marinero. Eso fue lo que me dijo. Yo creí que eran cosas de críos, y se le pasaría. Pero no se le pasó.
En ese momento, volví a ver la imagen del traje de comunión abandonado en la reja como si lo tuviera ante mis mismos ojos. Aquella criatura de apenas nueve años no encontró otro modo de manifestarse que sacando del armario el símbolo de su desdicha. Y la desdicha se convirtió en tragedia con el correr de los tiempos.
Hoy he ido a verle. Me han dejado estar con él apenas unos minutos, junto a esa cama llena de tubos y ese olor a muerte. Un olor que, por penetrante que fuera, no aplacaba el de mis remordimientos. Le he tomado la mano y he rogado a ese Dios en el que tanto cree mi hermana que el chico pudiera oírme
-Sabía lo del traje de comunión, pero no supe entenderlo. Pero ahora no te fallaré. Te lo juro
Me ha mirado con los ojos muy abiertos, justo antes de que me advirtieran que de que el horario de visita se había acabado.
Ahora solo queda esperar que ese cuerpo que tanto odia le dé una nueva oportunidad. Y que, con eso me la dé a también a mí. Aunque yo no la merezca.
Muy emotivo. Me ha llegado al corazón.
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Muchas gracias!!
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