Ortografía: cuándo serás mía


                Disculpadme el ripio, pero cuando decidí el título del estreno de hoy, me asaltó al subconsciente el estribillo de la canción de Bisbal, tal conforme hacen en el concurso de televisión que cada día presenta Arturo Valls. Basta cualquiera de las frecuentes palabras que en castellano acaban como el “Ave María” de la canción original, para que el público, presente o virtual, responda con el “¿cuándo serás mía?”, Y es que, en estos tiempos en que rige la cultura de lo instantáneo, el teclear deprisa y mal se impone demasiado. Aunque tampoco es cosa de ahora, claro, que ya en 1987 titulaban a una película Biba la banda.

                En nuestro teatro reconozco que muchas veces vemos más faltas de ortografía de las que quisiéramos. Y eso que ahora los ordenadores, los móviles y sus respectivos correctores nos lo ponen fácil, aunque de vez en cuando nos gasten más de una mala pasada, como ya vimos en un estreno de hace tiempo. Atrás quedaron los dictados con que nos machacaron a varias generaciones en el cole y en casa. Siempre recordaré -y no siempre con nostalgia- a mi madre agriándome las vacaciones con dictados de un libro que se llamaba Miranda Podadera y que jamás he vuelto a ver. Aunque he de reconocer que me sirvió. Al César lo que es del César y a mi madre, más aún.

                Confieso que la idea de este estreno me vino dada por un incidente de los muchos en que nos encontramos quienes navegamos por las redes sociales con frecuencia. Publicaba yo un inocente tuit sobre la nieve que caía en Zaragoza ese día, que coincidía con el aniversario de mi primer examen de la oposición, también con nieve y también en Zaragoza. Como quiera que no sé que es peor, si mis dedazos aporreando el pequeño teclado del móvil, o mis prisas primas hermanas de la precipitación, cometí el imperdonable error de dejarme una tilde en la palabra “hacía”. Algo que una tuitera -o tuitero, lo ignoro dado su valiente anonimato-, erigida en Fiscal General de la Ortografía, me afeó, instando poco menos a que me suspendieran de empleo y sueldo o me echaran directamente de la carrera. Por supuesto, desde ese día estoy haciendo penitencia de rodillas sobre mi toga, con orejas de burro, y un compendio de jurisprudencia en cada brazo. Al final de este estreno espero que el público sea generoso para alzarme el castigo.

                Desde que el mundo es mundo circula por ahí una anécdota, mitad chiste mitad leyenda urbana, sobre un levantamiento de cadáver que viene muy al hilo con este tema. Resulta que en tal levantamiento, que debió ser de un atropello de tren o de tranvía, la cabeza del interfecto estaba a varios metros del resto del cuerpo. Pues bien, dice el anecdotario que el subalterno preguntó si “arcén” -que era donde estaba la cabeza- se escribía con h o sin ella, a lo que el aludido, tras pensar un momento, reaccionó propinando una patada al cráneo y dijo “ponga que en la carretera”. Pues bien, no sé si este episodio de humor negro pasó en realidad o se trata de una invención, pero sí conozco múltiples casos donde una falta de ortografía nos ha hecho sangrar los ojos y ha dado lugar a más de un equívoco.

                Cuando yo estaba en la escuela judicial, uno de nuestros profesores, Siro García, nos hizo un curioso examen. Debíamos escribir la palabra “espurio” en una hoja de papel. No entendíamos demasiado, pero he de reconocer que hubo casi más “espúreos” que “espurios”, pese a ser la segunda la forma correcta. Quería demostrar el buen hombre algo que comprobé con el tiempo: que los errores pasan de unos documentos a otros hasta eternizarse. Pues bien, esto es lo que pasó con dicha palabra, recogida entre los requisitos que la jurisprudencia exige a la declaración de la víctima para tener virtualidad de enervar la presunción de inocencia. En muchísimas sentencias se citaba textualmente, incluido el error. Aunque semejante cosa no es exclusivo de sus señorías del Tribunal Supremo. Me cuenta un compañero de un señor que denunció el robo de una HAZADA y que tal insidiosa ortografía sobrevivió y pasó de la denuncia al atestado y de ahí al auto del juez. Por supuesto, la cadena se rompió con el escrito de acusación del fiscal, aunque no sabemos cómo fue la sentencia. Lástima.

                Las haches se hicieron, sin duda, para fastidiar. Lo hicieron con el de la Hazada y también con otro de nuestros clientes, que se escondió en un HARMARIO. No sé lo que pasará cuando salga de él, desde luego, pero, si se le discrimina, será por su ortografía y no por otra cosa.

                Otra compañera me habla de un atestado donde a las declaraciones de la señora que no recordaba, explican que tenía “el alceime”. Aunque no es la única enfermedad que da lugar a confusión y, si no, que se lo digan a quienes, siendo positivo en VIH, vieron escrito que eran VHS, como el vídeo de mis tiempos mozos. Y esa misma compañera aporta otra joya. La de un mensaje de una señora que pedía respecto a su marido diciendo “respétame que soy un ce rumano”. Eso sí, ignoro si después de eso la respetó o no.

                A veces son los correctores los culpables, o la excusa para justificar un fallo. Aporta otra compañera otra de estas anécdotas. Me cuenta que un juez bastante pomposo, a la par que peculiar en sus resoluciones, terminaba su parte dispositiva con un “debo delirar y declaro no haber lugar” impagable. Cabría preguntarse si más que el corrector, no le traiciOnaría el subconsciente.

                Y es que el subconsciente juega malas pasadas hasta en la forma de escribirlo. Su parentesco gramatical con “inconsciente” ha dado lugar a más de un juego de palabras bien jugoso. Aunque, muy relacionado, me quedo con lo que leí en un informe, que analizaba las cosas “desde el punto de vista subjuntivo”. Desde luego, escribiendo así auguro a su autor un futuro imperfecto.

                Los predictivos también son proclives a darnos disgustos. Los ertzainas se convierten en Hertzianas, a ver si así llegan más rápidos al lugar de los hechos. De la misma cepa es el cambio de “telemático” por “telepático” que es, como sabemos, la única manera de notificar en algunos casos, ondas hertzianas mediante.

                Hay, desde luego, faltas que hacen que duela la vista, como el testamento barbal cuya imagen me presta otro compañero, que no sabemos si era porque el testador tenía barba o verbo. Ahí es nada

                También dan mucho de sí las cosas que derivan de la coexistencia del castellano con otra lengua oficial Las faltas de ortografía en ambas lenguas van que vuelan, y los equívocos también. Algo así me sucedió cuando, en mi primer destino, leía un atestado por robo de “palets”. Yo me volví loca pensando qué importancia tendrían los palitos (palet es palito en valenciano) hasta que alguien me habló de los “palés” que se apilan en las obras, un término que viene del inglés “pallet” y que en castellano se escribe “palé”. Nada de palitos, por muy valiosos que fueran.

                Para acabar, un toque de actualidad. Os conmino a que veías el modo en que en algunos sitios se anuncian las medidas para evitar el covid. Idrogel, Higrojel o, lo que es mucho mejor, Nitrogel. Cualquier día salimos por los aires. Eso sí, con los huantes puestos, faltaría más

                Ahora ya me queda el aplauso. Y hoy, cómo no, dedicado a mis compañeras y compañeros que tanto han aportado en este estreno, y a quienes interactuaron con la Fiscal General de la Ortografía, también llamada Torquemada de las tildes. Gracias por convertir lo agrio en motivo de sonrisa. Ya queda solo saber si merezco que me levanten el castigo, aunque la cosa no empezara bien. Soy culpable, también, de haber escrito mal la palabra “ortografía” en el post en que pedía que me aportaran anécdotas. No tengo remedio

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